EL CASO DE LAS APARICIONES DE CEBÚES: SAN BERNARDINO DEL ALHAMA ENTRE LOS AÑOS 1932 Y 2002
INTRODUCCIÓN
A lo largo del siglo XX, San Bernardino del Alhama, un pueblecito riojano de apenas 700 habitantes, fue testigo de uno de los mayores prodigios de la naturaleza. Me estoy refiriendo a las ya famosas apariciones de cebúes. Sin motivo aparente, cientos, qué digo cientos, miles de ellos dieron forma a uno de esos inquietantes misterios que a día de hoy nadie ha sido capaz de resolver. Hay quien lo compara con el triángulo de Las Bermudas, los avistamientos de ovnis de Roswell o las revelaciones marianas de Fátima… Da igual, todo viene a ser lo mismo: el gusto del ser humano por lo desconocido. Quizás los cebúes sólo sean una metáfora de nuestra incapacidad para comprender el mundo que nos ha tocado vivir; un mundo extraño, carente de sentido y siempre predispuesto al esperpento; un mundo en el que la lógica (y ése es el meollo de la cuestión) sólo es una posibilidad poco fiable, una rara avis de la estadística, un perro verde con ínfulas de excepción que confirme la regla.
Este ensayo pretende ser mi pequeña y humilde aportación al insólito universo de San Bernardino. Pido perdón de antemano por los numerosos errores que seguro que habré cometido. Gracias
EL GÉNESIS, LOS ORÍGENES, EL MITO
El primero de los cebúes apareció (o brotó, tal y como cuentan las crónicas del momento) en San Bernardino del Alhama el día del Corpus Cristi de 1932. Hasta ese momento, la vega del Alhama (río del que toma su apellido San Bernardino) tan sólo había rendido pleitesía a la suculenta dictadura de las piaras locales. La economía local, como si de una gran charcutería se tratase, dependía en gran medida del cerdo y sus transformados (célebres ente los eruditos de buen apetito y mejor yantar). Hay quien incluso afirma (leyendas apócrifas aparte) que no había convite oficial en el que Don Manuel Azaña, a la sazón presidente de la segunda república, no agasajara a sus invitados con su correspondiente platito de embutidos y fiambres de la tierra. Pero no nos perdamos en rumores sin confirmar, vayamos a los hechos probados. Y los hechos hablan por sí solos, de hecho hablan por los codos: un cebú no era algo que se viera todos los días, y menos en esas latitudes. Y si tenemos en cuenta los escasos conocimientos de zoología que podían tenerse en San Bernardino, no cuesta imaginarse el tremendo impacto que causó su descubrimiento. Así no es extraño que cuando fue conducido a la plaza mayor para estudio y solaz de sus curiosos vecinos, éstos se dividieran en dos bandos: los que afirmaban que se trataba de una vaca poseída por el espíritu del maligno y los que, por el contrario, temían ser presas de una invasión alienígena. Incluso el señor párroco, hombre poco dado a las especulaciones, insinuó la posibilidad de que se tratase de la montura perdida de alguno de los jinetes del Apocalipsis. El alcalde, con mucho mejor criterio, hizo llamar al día siguiente a Don Honorio Sáenz de Tejada, doctor en Teología por la universidad de Salamanca, quien se encontraba por aquellas fechas en un pueblecito próximo y del que se afirmaba que no había nada en este mundo que no supiese. Su diagnóstico fue claro: aquello era imposible. Así de tajante se mostró. Eso sí, su escepticismo no impidió que reconociera en el extraño animal la figura de un cebú. Debe ser una confusión, le dijo al alcalde, probablemente se haya escapado de un circo o de los cuidados de algún extravagante marqués, no hay nada de qué preocuparse. Más tranquilos con las palabras de Don Honorio, el pueblo, satisfecho con sus explicaciones, volvió a sus quehaceres diarios.
A la semana siguiente se volvió a repetir el suceso, pero esta vez no fue uno sino siete los cebúes que se descubrieron, uno por cada día. La gente no daba crédito a lo que estaba viviendo. ¿Por qué les había engañado Don Honorio? ¿Acaso se trataba de una gran conspiración de la que él también formaba parte? Sin tiempo para responder esas y otras preguntas, una turba de enloquecidos armados con pedruscos del tamaño de pequeños meteoritos se dirigió a su caza y captura. Exigían justicia, y el verse libres de todo pecado no hacía sino animarles a lanzar la primera piedra… la primera y las que hicieran falta. Lo encontraron escondido en su casa, que tras su paso quedó reducida a la consistencia de un paisaje lunar. Lo encadenaron y se lo llevaron a declarar ante el recién creado “tribunal popular” (que durante el verano del 36, por diferentes razones, tuvo que volver a sentar jurisprudencia). En una especie de chiste de mal gusto, el juicio se celebró en el lazareto del matadero municipal. Además, el presidente del tribunal tuvo a bien considerar que no sería necesaria la presencia de un abogado. Tres horas después el jurado ya tenía decidido el veredicto. Pero justo cuando aquella especie de simulacro de juez (rol que había asumido sin problemas el capellán) iba a leer la sentencia sucedió lo imposible: un tsunami de cebúes en plena estampida arrasó con el improvisado juzgado. Ninguno de los presentes lo vio venir; lo que confirma que la justicia, a veces, también es ciega. Acusado y acusadores corrieron igual suerte. El parte medicó fue propio de una cruzada: 65 muertos, 15 heridos por asta de cebú y cientos de personas con contusiones leves.
A partir de ahí ya entramos en los pantanosos territorios del mito, donde la frontera entre lo real y lo soñado, lo tangible y lo imaginado, no siempre está clara; quedándonos tan sólo el consuelo de quien hace de tripas corazón y se arroja al vacío con un paracaídas en llamas. Creer es vivir, que diría aquél.
CIENCIA Y OLÉ
En mayo de 1948, una expedición fletada por la Universidad de Oxford y capitaneada por John Benedict Moore II (hijo de John Benedict Moore I y padre de John Benedict Moore III) aterrizó en San Bernardino provista de infinidad de cachivaches y chatarras que, según explicaron, se trataba del instrumental científico más sofisticado de la época. La idea era demostrar la teoría que John Benedict Moore II había expuesto tres años antes: desde tiempos inmemoriales existen una serie de túneles o pasadizos que comunican diferentes partes de La Tierra, como una inmensa red de autopistas que pagaran peaje a un descomunal queso de gruyere. Dichos túneles son secretos, por supuesto, sólo conocidos por los iniciados de algún tipo de logia mística (aún sin identificar). La aparición de cebúes en San Bernardino podría deberse a que años atrás, quizá siglos (quién sabe), un rebaño habría dado con una de las entradas en algún lugar de Asia y, en una especie de eterno peregrinaje subterráneo, se hubiesen topado con la península Ibérica. La expedición contaba con expertos en técnicas de sónar, curtidos espeleólogos (por si hacían falta), geólogos, geógrafos, ingenieros de minas, naturalistas (no hay expedición científica que no se preste a incluir alguno), fotógrafos e incluso un avezado mecánico de submarinos (¿?).
A la semana de su llegada, San Bernardino ya había sido tomado por una legión de hoyos, pozos, sondeos y galerías a explorar. Pero por más que horadaban no conseguían dar con la llamada veta madre, aquella que les pudiera llevar, siempre a decenas de metros bajo tierra, hasta las mismísimas antípodas. El caso es que a fuerza de excavar y excavar habían convertido los cimientos del pueblo en un complicado laberinto de catacumbas. El símil entre el Minotauro y el Cebú se hizo inevitable. Pero John Benedict Moore II no era precisamente Teseo, y quizás fue eso fue lo que le llevó a la tumba.
Sucedió en Octubre, tras cinco meses de búsqueda infructuosa. La desesperación ante la falta de resultados hizo que una mañana se internara solo en aquel galimatías de túneles, incumpliendo la norma de oro de todo espeleólogo: no descender nunca en solitario. Le empujaba la firme intención de no regresar hasta haber encontrado algo. Lo que fuera. Costase lo que costase. Ya se sabe, si la montaña no va a Mahoma, Mahoma va a la montaña… Pero no hubo suerte, así que tuvo que ser el destino quien le encontrase a él. El caso es que tras cinco horas se topó con un cebú. Aquello no debía entrar en sus planes pues no iba preparado para un contratiempo así. Sólo cabía correr, pero aquel infinito garabato de pasillos no invitaba precisamente a un final feliz. Así fue: Jhon Benedict Moore II fue corneado en el ojo izquierdo. La palabra alarido y la palabra desesperación pueden servir para describir aquel vendaval sonoro que pudo oírse por todo San Bernardino. Un capricho de la acústica quiso que las fosas sépticas del pueblo sirviesen de caja de resonancia para sus gritos. Rápidamente se organizó una partida de salvamento que habría de resultar inútil. Desgraciadamente su fin ya estaba escrito con lágrimas de sangre (pido perdón por lo melodramático de la metáfora, pero siempre me ocurre cuando tengo que hablar de la muerte). Era inevitable.
Lo encontraron aún con vida. Moribundo y confuso. Herido de muerte, desangrándose a borbotones, una pátina de óxido cubriéndole el rostro, la huella del asta prendida en el alma. Fue conducido, sin saber muy bien por qué, al pilón municipal, donde acabó de morir. Su muerte, épica y de leyenda, fue propia de un torero; de ahí el sobrenombre con el que ha pasado a la historia, Finito de Oxford.
A la marcha de la expedición, las galerías excavadas sirvieron como armazón y modelo para la actual red de alcantarillado público con la que cuenta San Bernardino. Un prodigio de la ingeniería hidráulica que pronto fue adoptado por las grandes capitales europeas y americanas: Buenos Aires, Bogotá, Atenas, Viena, Milán…
PRÁCTICAMENTE MAGIA
Atraídos por el hedor a magia y fantasía que desprenden las apariciones de los cebúes, son numerosos los chamanes y gurús de lo oculto que han aportado a esta historia su pequeño granito de arena en forma de ritos, invocaciones y supuestos exorcismos para mayor gloria de feroces dioses de nombres no siempre fáciles de pronunciar. Famoso fue el caso de un brujo venido desde las selvas del Amazonas, quien afirmaba que sólo el sacrificio de la sangre humana podía acabar con tan extraño suceso. Bueno, el sacrificio humano y 10.000 francos suizos… Convencido de sus palabras, el pleno del ayuntamiento, en sesión extraordinaria, acordó ofrecer el corazón de tres vírgenes el día de Nochebuena de 1954. Las elegidas, todas ellas hijas de las familias más pudientes del pueblo (pues se consideraba todo un honor morir por tan noble causa), disfrutaron de sus últimos días como auténticas faraonas, bañando sus más que cercanos estertores en auténtica leche de burra. La más caprichosa de las tres consiguió que le construyeran una pequeña pirámide con mármol traído expresamente de Carrara. Llegado el día, un punzón de oro se cobró su tributo… y de paso sus tiernas existencias.
Pero la misma noche del sacrificio, en plena misa del gallo, una pareja de cebúes irrumpió estrepitosamente en la ermita de Nuestra Señora del Buen Socorro. El escándalo fue mayúsculo. Acusaron a sus madres de haber parido meretrices en vez de hijas. Si el sacrificio había sido inútil sólo podía deberse a que las jóvenes ocultaban entre sus piernas una mácula mayor que su falta de vergüenza. Tres días después se descubrió el pastel: el supuesto brujo no era sino un antiguo deshollinador de Oporto (ciudad de la que dicen que acabó siendo alcalde). El estafador fue detenido por la guardia civil en la frontera entre Salamanca y Portugal, y aunque pudieron recuperarse los 10.000 francos fue imposible restituir el honor y la honra de las familias afectadas.
¡QUÉ VIENEN LOS RUSOS!
En 1965, en plena guerra fría, alguien lanza una hipótesis en principio nada descabellada: las apariciones de cebúes se deberían a una maquinación comunista judeomasónica. Con una periodicidad aún por determinar, submarinos venidos desde Sebastopol, en el mar Negro, remontarían el Alhama transportando los cebúes hasta San Bernardino. Su fin sería el de desestabilizar el suelo patrio, garante espiritual de occidente y cabeza visible de un nuevo amanecer. Los rusos, como bien sabían, son seres abyectos y ruines educados en el engaño, la mentira y la negación de Cristo. Todo encajaba. Quién, si no ellos, sería capaz de tramar algo semejante.
Los rumores pronto toman las calles. Las ideas más peregrinas cobran forma en las tertulias de los bares. Se habla de la momia de Lenin, la de verdad, ya que la expuesta en Moscú sería falsa, hecha al parecer con remiendos de carne de cerdo; se habla de un sótano en San Bernardino en el que se conservaría la auténtica momia de Lenin, el corazón de la revolución rusa, el rostro imperturbable por los siglos de los siglos. Se habla de quintacolumnistas que estuviesen torpedeando el recuerdo de los caídos por Dios y por la patria, el recuerdo de José Antonio (¡presente!). Se habla de un gulag (ya clausurado) al que Stalin hubiese estado mandando las sobras de los stocks de Siberia. Se habla de hoces y martillos, de colectivizaciones, de politburoes secretos, del ejército rojo, del KGB, del Sputnik, de Yuri Gagarin… Se habla de todo, de mil y una cosas, de todo menos de los cebúes, que con tantas especulaciones ya habían sido desplazados por el odio al enemigo común.
Un día, alguien creyó ver un periscopio asomando en las aguas del Alhama. Inmediatamente saltaron todas las alarmas. Las recién formadas milicias de autodefensa nacional (la mayoría de ellos antiguos requetés y falangistas) se acercaron a investigar armados con antorchas, azadones y horcas. Al no encontrar nada mandaron drenar aquella parte del cauce. La verdad es que resulta un tanto cómico pensar que en un río con apenas 40 cm de calado pueda fondear un submarino soviético, pero ya se sabe que el sueño de la razón produce monstruos. Resultó ser la bajante rota de una fachada. Al parecer alguien la había arrojado haciendo caso omiso de las ordenanzas municipales. Aún así no todo el mundo quedó satisfecho con la explicación. La idea de los submarinos rusos se había enquistado en el imaginario colectivo.
Así pues, a la delegación del gobierno no le quedó más remedio que tomar cartas en el asunto. La cosa se estaba desmadrando y amenazaba con generar tumultos y desórdenes de muy difícil solución. Reunidos de una parte las fuerzas vivas de San Bernardino (alcalde, párroco, maestro y boticario) y por otra la comandancia general de la sexta región militar (que englobaba las capitanías generales de Burgos, Logroño, Navarra y Vascongadas), se decidió mandar trece carros de combate para asegurar el perímetro del pueblo. Ni la más fantasiosa de las invasiones podría atravesar la criba del calibre de sus cañones. Ya no habría de qué temer. Para mayor seguridad también se minó el río.
Pero erre que erre, había quien seguía viendo submarinos en el Alhama. Debía ser algo crónico, como el reuma o las migrañas, puesto que dudo que la flota soviética dispusiera ni de la mitad de los que se afirmaba que habían presentado hostilidades en San Bernardino. De haber sido así, el telón de acero no hubiese quedado muy lejos del Missisipi. Ya sólo quedaba acudir a las más altas instancias.
El guante fue recogido por Manuel Fraga Iribarne, por entonces ministro de turismo, que, valiéndose del mismo golpe de efecto que habría de repetir en el asunto de las bombas atómicas de Palomares, decidió personarse en San Bernardino acompañado del embajador de Estados Unidos. La idea era demostrar la inocuidad de las aguas del Alhama, que a pesar de todo el revuelo seguían fluyendo ajenas al riesgo de una tercera guerra mundial. Enfundados en sendos bañadores y luciendo una figura muy del canon de Las Tres Gracias, se dieron un chapuzón ante la plana mayor del periodismo nacional. El NO-DO recogió el momento. Su seguridad personal no se vio comprometida en ningún momento: ningún ingenio acuático hizo amago de atentar contra sus personas. Aquel gesto alejó definitivamente los fantasmas de los submarinos rusos.
Cerrada la crisis, se organizó en su honor una capea de cebúes en la que participó el mismísimo Manuel Benítez “El Cordobés”, que ya por entonces se contaba entre las grandes figuras mediáticas del toreo. Las crónicas sociales del momento trataron largo y tendido la noticia, resaltando con pícara malicia un posible affaire del diestro con Concha Velasco. Pero eso ya es otra historia…
Los cebúes, como era de esperar, siguieron a lo suyo, apareciéndose sin importarles lo más mínimo lo que ocurría a su alrededor.
LA CONEXIÓN HISPANO-HINDÚ
En 1974, coincidiendo con un repunte en las apariciones de cebúes, se decidió invitar a San Bernardino a una delegación de sabios de la universidad de Calcuta. La lógica sugería que quién mejor que ellos, que compartían geografía y hábitat en su patria natural, para intentar (pues nunca estuvo claro que lo fueran a lograr) desentrañar su misterio.
No sirvió de nada. Tras quince días de sesudas reflexiones llegaron a la conclusión de que no entendían nada. El mayor de todos ellos, un hombre enjuto de unos noventa años y que daba la impresión de que iba a ceder de un momento a otro al peso de su turbante, confesó que al tercer día de meditación estuvo a un tris de alcanzar el nirvana, pero de los cebúes no sacó nada en claro. Peor les fue a parte de sus compañeros que, acostumbrados a los rigores de Calcuta, sucumbieron a las tentaciones que allí se les brindaban: vino, fiambres, mujeres, juego, bailes agarrados… Nueve meses después de su partida, el padrón municipal., tan necesitado de sangre fresca, levantó una estatua en su honor.
Pero aún hubo más. A iniciativa del patronato cultural se acordó la celebración bianual de un simposio sobre la vida y obra de Rabindranath Tagore, célebre escritor Nobel que, junto a la Madre Teresa, dio mayor gloria a la ciudad natal de sus invitados. A día de hoy aún se sigue celebrando, y no hay edición que no pueda calificarse con la palabra éxito.
CARNE DE CAÑÓN
Parecía algo obvio, pero hubo que esperar hasta mediados de los 80 para que alguien se diese cuenta de los pingües beneficios que podían obtenerse de todo aquello. Y menos mal: más vale tarde que nunca.
Pongámonos en situación: la industria local languidecía sin solución y el paro ya afilaba los colmillos en vista de sus más que seguras víctimas. La crisis amenazaba con sepultar el futuro de todo un pueblo. Pero ya se sabe que en tiempos difíciles se agudiza el ingenio. Así, en 1985, apareció el primer salchichón de cebú al oeste del río Ganges. La aceptación fue inmediata. Los consumidores no tardaron en subirse al carro de la nueva moda. Su carne, tierna a la par que baja en calorías, se convirtió en la nueva sensación de las despensas más chics del momento. Pronto la producción se diversificó: chorizo, salami, mortadela, chóped, cecina, longaniza… No había guateque ni fiesta que se preciara de serlo en la que no se sirviera cebú y Dom Perignon.
En pocos meses su fama ya había cruzado el Atlántico. Kim Basinguer, preguntada por la espectacular figura que lucía en Nueve Semanas y Media, aseguró que todo se lo debía a la carne de cebú. A partir de ahí Holywood se rindió a sus pies. Al Pacino, Robert de Niro… todo aquel que se consideraba algo en el mundillo del espectáculo se negaba a hacer la digestión si no había cebú de por medio. Incluso Vanity Fair le dedicó la portada en su edición de Junio del 88. En ella, Meryl Streep, cual intrépida vaquera, salía posando a lomos de uno… todo muy bucólico y pastoril, muy del gusto americano.
En 1996 se creó la denominación de origen calificada “Cebú de San Bernardino”. Se trataba de dar el empuje definitivo a la calidad, puesto que la cantidad hacía años que ya campaba a sus anchas. Pero ya era demasiado tarde. De aquellos lodos vendrían estos barros. Aquel descontrol trajo consigo algo hasta entonces desconocido: la enfermedad de Creutzfeldt-Jakob. También conocida como enfermedad de los cebúes locos. El idilio con el consumidor llegaba a su fin. Tres muertes por consumo de carne no son precisamente un buen reclamo publicitario. La vía expeditiva, o metafóricamente la patada en el culo, fue la elegida por el mercado para mandar al garete el tinglado que se habían montado los de la denominación. Las ventas se precipitaron por un pozo sin fondo. Ni siquiera un milagro como el de Lázaro podría resucitar a su pésima balanza de resultados. Quienes tanto les habían ayudado ahora les daban la espalda. Kim Basinguer, vuelta a preguntar por la espectacular figura que lucía en Nueve Semanas y Media, aseguró que todo se lo había debido a la carne de jirafa, pero que de los cebúes no había oído hablar en su vida. El mundo está lleno de desagradecidos.
En 2000, la Unión Europea prohibió las importaciones y exportaciones de carne de cebú dentro sus fronteras. Ésa fue su definitiva sentencia de muerte. Ya no volvió a levantar cabeza.
UN ENCIERRO DE PELÍCULA
A principio de los 90, Steven Spielberg recaló en San Bernardino con un guión a medio terminar que apuntaba a taquillazo. En la película, un grupo de científicos a sueldo de un extravagante multimillonario se dedicaría a clonar cebúes. Pero no cualquier tipo de cebúes, no, se trataría de los primeros cebúes que poblaron La Tierra, cebúes antiquísimos. El ADN necesario lo extraerían de ciertos mosquitos prehistóricos conservados en ámbar, el fósil de la resina de los árboles. Una vez clonados se utilizarían como reclamo y atracción de un gran parque temático. Un parque que revolucionaría el concepto de ocio y diversión. Pero juegan a ser dioses y fracasan en el intento. El tiro les sale por la culata. Nada se parece a lo que habían planeado. Los cebúes se descontrolan y no tienen más remedio que abandonar el parque a su suerte. La película se llamaría Parque Cebú. En mente estarían dos posible secuelas: Parque Cebú II y Parque cebú III.
La idea era rodar los exteriores en San Bernardino aprovechando el tirón de su atrezzo natural. Así abaratarían costes. El ayuntamiento había puesto todo a su favor. Contaban con un corral con más de 500 cebúes a su disposición. Los propios vecinos harían de extras por una suma poco más que simbólica. El rodaje debía comenzar el 7 de Julio de 1992…
Aquella mañana, los mozos del pueblo, en lo que en un principio se consideró una chiquillada de mal gusto, soltaron, al grito de Viva San Fermín, media docena de cebúes por las calles de San Bernardino. La carrera, a decir verdad, fue limpia: no se registraron heridos por asta de cebú. Sólo hubo que lamentar la pérdida del equipo de filmación (valorado en más de un millón de dólares) y cuatro claquetas. Aquello hizo que Spielberg montara en cólera y jurara no volver a pisar jamás esa tierra de bárbaros. También que la CNN y Sky News se hicieran eco de la noticia y ésta diese la vuelta al mundo.
La productora, dadas las circunstancias, decidió suspender el rodaje de la película: San Bernardino no era un lugar seguro para su dinero. Pero no hay mal que bien no venga. Con ello se logró el conocido como efecto llamada o efecto Hemingway. Igual que le sucedió a Pamplona con la publicación de Fiesta (Ernest Hemingway, 1926), aquella sonada algazara sirvió de gancho para turistas deseosos de emociones fuertes con un puntito de exotismo. Ya se sabe que la adrenalina siempre ha sido un buen reclamo. El resto lo hizo el boca a boca. Poco a poco los encierros de cebúes se convirtieron en un clásico del verano. En 1999 se consiguió que fueran declarados fiesta de interés internacional. Hoy en día se pude afirmar, sin miedo a caer en la exageración, que no hay nadie que no haya oído hablar de ellos o, mejor aún, que no conozca a alguien que los haya corrido. También, todo sea dicho, que han terminado por masificarse, siempre abarrotados de gentes venidas de todos los rincones del mundo. Se ha perdido aquel espíritu pionero que inspiró a los primeros corredores. Siendo sustituida la épica de los valientes por la codicia de los tour-operadores que, verano tras verano, siguen lucrándose a costa de todo aquel que quiera acercarse a vivir en primera persona la buena nueva de los encierros. Todo sea por la pasta, qué se le va a hacer. Éste es el mundo que nos ha tocado vivir. San Bernardino no iba a ser una excepción…
EPÍLOGO: ¿DE AQUÍ A LA ETERNIDAD?…
A lo largo de estas páginas he procurado ceñirme a los hechos tal y como sucedieron o, por lo menos, tal y como han llegado a mí. No es mucho, lo sé. Tampoco ha sido fácil, así que espero que reconozcan el esfuerzo que ha supuesto vertebrar en un sólo volumen la historia reciente de San Bernardino. Pero si asomarnos al tiempo pretérito ha sido toda una odisea, no quiero ni pensar lo que ocurrirá si nos aventuramos con el que está por venir.
Nadie tiene claro qué pasara a medio y largo plazo. Ni siquiera si el continuo fluir de cebúes será para siempre. A decir verdad, la causa de sus apariciones ha dejado de ser una preocupación real, siendo su lugar ocupado por la incertidumbre de su persistencia en el futuro. San Bernardino no se entiende ya sin ellos, y cualquier cambio, por pequeño que sea, puede ser catastrófico para el pueblo.
Las últimas noticias apuntan a que John Benedict Moore III (hijo de Finito de Oxford y padre de John Benedict Moore IV) está preparando una nueva expedición, la madre de todas las expediciones, con la que tratará de honrar la memoria de su padre y arrojar nueva luz a un misterio que dura ya demasiados años. Esperemos que lo logre y no caiga en el intento. Que Dios reparta suerte.
EDUARDO, MADRID-LOGROÑO, 2008