Haciendo el gilimemo

Ahí va mi primera incursión en el fascinante mundo de la teletienda
 
 
 
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… AND JUSTICE FOR ALL

 

AND JUSTICE FOR ALL

Si la prensa está en lo cierto, y nada hace pensar que no sea así, mañana seré condenado por el asesinado de mi padre. La verdad es que yo no lo hice, pero eso es lo de menos, no tiene importancia. Todo empezó hará cosa de dos años con una llamada de madrugada, una de esas que te saca de la cama sabiendo que nada bueno puede haber sucedido. Era la policía avisándome de que habían encontrado el cadáver de un hombre, al parecer el de mi padre, y necesitaban que pasara por el anatómico-forense a identificarlo. No fue fácil, le habían descerrajado dos tiros en la cabeza y su rostro apenas era un legajo de gelatinas y huesos. Pero era él, no había duda, la cicatriz del pecho (recuerdo de un soplo cardíaco) era inconfundible.

La policía me permitió llorar el luto una semana, entonces me llamaron para declarar, simple rutina me dijeron. Cualquier cosa que supiera debía decírselo, el más mínimo detalle, por insignificante que fuera, podía ayudar a resolver el caso. Los que lo habían hecho debían pagar por ello.

Se me ocurrió aquella misma noche después de declarar: jugar a incriminarme por el asesinato de mi padre. Al principio me lo tomé como un pasatiempo sin más (otros se entretienen con insulsos sudokus), un simple divertimento que me hacía gracia. Si me lo trabajaba bien podía ser el mejor falso parricida de la historia. El mal ya estaba hecho y, al fin y al cabo, no tenía nada que perder, o eso creía yo. Pero lo que empezó siendo una chiquillada inocente y nada premeditada acabó convertido en un reto personal, un desafío a la lógica.

Así, como atraídos por misteriosos cantos de sirena pronto conseguí que varios detectives me siguieran los pasos. Me gustaba saberme observado y vigilado por la policía, me hacía sentirme importante. La inercia (o el afán de protagonismo) me llevó a enredar el caso, a dar falsas pistas que siempre volvían a apuntar a mí. Conforme ellos necesitaban pruebas para incriminarme yo se las iba proporcionando. Sabían que yo nunca les fallaría, siempre podían contar conmigo.

Jugaba al despiste con ellos. El móvil del asesinato era variable, unas veces se trataba de una herencia que no existía, otras el odio y el rencor por una infancia nada feliz, incluso celos por el amor de mi madre. Disponía a mi antojo de la policía, se trataba de una perfecta relación de conveniencia: yo siempre les decía todo lo que ellos querían oír, y todos tan contentos. Además me servía de llamadas anónimas para tenderme trampas y delatarme. Luego yo mismo me encargaba de desmontar mis coartadas, y si era necesario me las ingeniaba para que ellos comprobaran que eran falsas. Y a pesar de que nunca concretaban nada, siempre volvían a mí, era inevitable. El truco consistía en sembrar mil y una dudas en mi contra: en el momento en que desestimaban una ya tenían otra que investigar.

Con cierta periodicidad la policía me llamaba a declarar. Me sentaban frente a un potente foco de luz y dos polis jugaban a ser el poli bueno y el poli malo. Me interrogaban con una dureza que, a mi parecer, no estaba a la altura. Pero no tenía más remedio que mostrarme afectado, fingir que me derrumbaba y que estaba dispuesto a firmar mi culpabilidad. A última hora me sobreponía, lo negaba todo y exigía que atrapasen a aquel bastardo que tanto daño había hecho a mi familia. Para complicarlo aún más, escribí a varios periódicos recriminando a la policía su pasividad ante el asesinato de mi padre, un hombre al que la sociedad tanto le debía. Amenazaba con tomarme la justicia por mi mano, no estaba dispuesto a que tan atroz crimen quedara impune, eso sí que no. Así conseguí que destinaran más agentes al caso. Policía nacional, policía judicial, guardia civil, todos se interesaban de pronto por mí. Recién convertido en la comidilla de la crónica negra de este país y ya tenía montado un circo mediático a mi alrededor, un circo que se retroalimentaba por sí mismo. Por otra parte me había metido tanto en mi papel de asesino acorralado y sin salida que veía chivatos y delatores por todas partes. Yo mismo era uno de ellos: el más eficaz. Y eso me hacía sacar pecho y sentirme orgulloso de mi buen hacer.

Aporté más pruebas, exculpé a quienes podían hacerme sombra. Gracias a mí el cerco sobre mí mismo, valga la redundancia, se iba cerrando. Sus pesquisas, con ayuda de mis delaciones, iban dando sus frutos. Creo que nunca se habían encontrado con un sospechoso tan servicial, colaboraba en todo lo que estaba en mis manos. Conseguí que me quitaran el pasaporte y me impidieran salir del país. Otro triunfo más, estaba en el buen camino.

Pasados los primeros meses de investigación dejaron de conformarse con interrogarme y soltarme sin más, ahora me hacían pasar noches enteras en el calabozo. Yo, por supuesto, estaba de su parte y en más de una ocasión sugerí que me aplicasen la ley antiterrorista, así podrían retenerme el tiempo que quisieran, pero fue en vano, por ahí no pasaron.

Poco a poco fue aumentando la frecuencia de mis visitas a comisarías y juzgados; y si alguien se lo está preguntado: no, nunca fui torturado, qué más hubiese querido yo. Cohabitaba en perfecta armonía con el inspector que llevaba el caso, me caía bien, era un buen tipo, casado y con dos hijas, muy preocupado por la gravedad de su trabajo. No hubo ningún tipo de problemas entre nosotros dos. Todo era buena voluntad por mi parte. Incluso me dediqué en mis ratos libres a estudiar el código penal por si le podía servir de ayuda. Éramos todos contra mí, un equipo muy unido y perfectamente engranado.

Y así llegamos al mes pasado. La investigación se encontraba en punto muerto, me había quedado sin recursos. Estaba perdiendo el juego. Pero en mi concepción del bien y del mal un crimen no puede quedar impune, y si ellos no hacían valer el peso de la ley ya lo haría yo.

En un acto de extrema generosidad para con el ministerio fiscal me propuse acabar con esto de una vez por todas. Me ofrecería como cabeza de turco y pagaría los platos rotos, pero esta vez iría en serio. Sería el chivo expiatorio que tanto habían buscado en mí y nunca habían podido encontrar. Un sacrificio que compensara el mal que me habían causado, la frustración de no ver entre rejas al asesino de mi padre. En un alarde de gallardía confesé todo (si de confesar se puede hablar) y firmé una declaración de culpabilidad en la que admitía todos los cargos que me imputaban, incluso me regalé alguno (después de todo me lo había ganado) que no aparecía en el sumario y que la policía tuvo a bien creer.

Como buen hijo que soy inmediatamente me presenté como acusación particular, había que honrar la memoria y el honor de mi padre. Pagaría por todo el daño que me había hecho.

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En las tres semanas que ha durado el juicio, la fiscalía y yo hemos trabajado codo con codo tratando de conseguirme una condena diez a quince años sin posibilidad de reducción. Asesinato con premeditación y alevosía. Creo que hemos hecho un buen trabajo, no he tenido ninguna posibilidad en ningún momento. Para rizar el rizo, varias veces he tenido que simular que perdía los nervios ante una culpabilidad que me abrumaba. Aunque no todo ha sido un camino de rosas ni mucho menos, para mi sorpresa no había contado con un pequeño detalle: las personas de buena voluntad (amigos todos) que se ofrecieron como testigos voluntarios para tratar de exculparme, y que a pesar de sus ruegos no tuve más remedio que ocultarlos tras un prudente olvido. No quería defensa alguna. Incluso mi abogado, que aún sigue creyendo en mi inocencia, no salía de su asombro cuando, día tras día, me enfrentaba abiertamente con el jurado; ignoraba que su labor era inútil, yo ya me había sentenciado antes de tiempo. Ya digo que he cuidado todos los detalles: no he dejado a mi favor ningún resquicio que oliese a inocencia. Además siempre he mantenido mi total ausencia de arrepentimiento y mi deseo de repetir lo que sólo yo sé que no cometí. Pero por fin creo que el jurado ha picado el anzuelo: los psicólogos forenses debieran darme un Oscar por mi interpretación de un psicópata perturbado. Mañana, al hacerse pública la sentencia, espero poder recoger los frutos sembrados. Sólo pido justicia, ¿tanto es pedir? 

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EN EL BOSQUE

 

EN EL BOSQUE

Un hombre pasea por el bosque. Tras media hora andando se topa con una mujer ahorcada en un árbol. Un sudor frío recorre su espalda. Se encuentra mareado. Tiene miedo. El bosque está desierto. No sabe adónde acudir.

Cree que la conoce, le suena de haber coincidido con ella en alguna parte, quizás en el barrio. Recuerda haberla deseado, incluso haberla poseído con la imaginación. Su rostro sin vida se le antoja bastante atractivo. Era guapa. Es guapa. El cadáver cuelga de tal manera que sus rodillas quedan a la altura de los ojos; y como si de un péndulo se tratase, su cuerpo marca el tiempo que la separa de los vivos. Lleva un top rojo que le ciñe el pecho, una falda con vuelo, zapatos de tacón. Parece haberse arreglado para tal ocasión. La lengua, yerma e hinchada como un algodón, asoma fuera de la boca. La soga ha teñido su cuello de un azul morado. El viento sopla y levanta su falda unos centímetros. Las piernas, como dos estalactitas de mármol, se adivinan perfectamente depiladas, suaves como la seda.

La mano izquierda sostiene con celo una nota. En ella repasa los motivos que le han llevado a tomar tan drástica decisión: problemas, más problemas. Un amor maldito, una historia mil veces repetida. El hombre la compadece: tan joven, tan guapa, tan atractiva… No se merecía un final así. Un tirante del top ha cedido dejando al aire un hombro del color de la cera. Una melena de caoba indica la dirección del viento. Los ojos, doblados hacia dentro, parecen querer escapar del mundo que los rodea. Un débil carmín sonroja levemente sus labios. Un colgante de oro refleja la luz anaranjada del atardecer. Un pequeño hilo de saliva resbala por su mentón. Qué guapa es, repite para sí mismo. El viento cambia de dirección y ella baila como una peonza. No se marea, no protesta, no se defiende.

El hombre sube al árbol, deshace el nudo y deja caer a la mujer. El ruido asusta a un par de pájaros que, inmediatamente, levantan el vuelo. Un pecho ha quedado al descubierto. Con la caída se ha roto una muñeca; un hueso astillado saluda con timidez. Ha perdido un zapato. El reloj, regalo de un aniversario a olvidar, ha quedado inservible. La falda se ha enganchado en un brote. Su ropa interior sugiere cierta elegancia, probablemente noches de rosas y vino. Por inercia (porque carece de sentido) le toma el pulso. Su tacto es agradable, no debe llevar muerta mucho tiempo, aún no presenta el característico rigor mortis. Las costillas se insinúan a través de su piel de sirena. Le cierra los ojos y toma un mechón de su pelo entre los dedos. Se siente extraño, feliz, fascinado por lo que ve. No hay nadie más. Se incorpora y sin querer roza el pezón desnudo: de seguir viva su pecho se inflaría como un globo, pero no es el caso. Un aro con un pequeño rubí descansa en su ombligo. Ni una sola peca salpica su vientre.

Todo se precipita, no puede evitarlo. Es preciosa, no tenía derecho a morir así. Una cintura todavía de niña anuncia el pecado de la carne. Tira de la falda y la despoja de todo pudor. Los muslos se descubren manchados de tierra. Un escalofrío en la nuca y un segundo después la mujer ya está desnuda. No hay vello que enturbie su pubis. El deseo le ciega.

Los muertos, al fin y al cabo, no protestan y siempre se dejan hacer… 

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UN BREVE ACERCAMIENTO CRÍTICO A LA VIDA Y OBRA DE SEGISMUNDO GARAICOECHEA (1978-2026)

UN BREVE ACERCAMIENTO CRÍTICO A LA VIDA Y OBRA DE SEGISMUNDO GARAICOECHEA (ÁVILA 1978- MADRID 2026)

 

Las ganas de sodomizar y no ser sodomizado… (La cabalgata de los filos-nazis; Segismundo Garaicoechea; Editorial Apocalipsis; 2009)

 

INTRODUCCIÓN: TODOS SOMOS SEGISMUNDO GARAICOECHEA

 

No cabe duda de que en la vida de Segismundo Garaicoechea hubo tres grandes pasiones: la poesía, el arte de la tauromaquia y las novelas de Ana Rosa Quintana. Hasta tal punto, que en sus últimos días (véase Segismundo en Babilonia, Patrick Zuloaga, editorial Armiño, 2040), un Segismundo enfermo e indiferente al resto del mundo se veía ya incapaz de discernir entre dichas pasiones y sus pulsiones más primitivas, que en el caso de las novelas de Ana Rosa Quintana llegaron al más bajo de sus instintos, al extremo de lo obsceno. Ahora bien, su narcisismo (tan extendido entre los pornógrafos de su generación) no fue suficiente a la hora de vencer sus barreras interiores, ese último escollo (¿una tela de araña radiactiva?) que le impedía escribir sobre ellas, acerca de sus obsesiones más profundas. En realidad actuaban en él como un campo magnético con la polaridad permanentemente enfrentada a la suya, un campo magnético que le repelía con cada acercamiento por su parte. Alguien dijo una vez (probablemente algún infeliz adicto a la ayahuasca) que Segismundo era un cuerpo magnético (otra vez el símil del hombre imantado) que, siempre escrupuloso al tacto, se veía constantemente rodeado o cercado o perseguido por invisibles enemigos de metal. Así, sin proponérselo, al evitar caer en sus temores abría caminos no siempre asépticos, caminos que a veces se bifurcaban y morían en inciertos pudrideros de vísceras, salvajes páramos que brotaban como excepciones a la geografía conocida.

Segismundo temía todo aquello que pudiese descubrirle, que pudiese sacar a flote aquella parte de él que ni él mismo conocía (como un iceberg celoso de su intimidad), y sin embargo era eso precisamente lo que le impelía a seguir excavando abismos, abismos a los que ya podía asomarse sin el miedo a ser reconocido, abismos a los que afortunadamente también nos invitaba a asomarnos.

 

Cuando releo su numerosa obra, tanto en verso como en prosa, siento que no podemos referirnos a ella como el legado de un gran escritor (que sin duda lo fue) sino como el rabioso testamento de un funambulista o las grotescas cicatrices de un legionario mutilado. Es por eso que lo único en claro que podemos sacar de sus escritos es que eran peligrosos, y quizás lo más correcto (el homenaje merecido) fuese acercarse a ellos desde dentro de una de esas jaulas submarinas que se utilizan para grabar al gran tiburón blanco, siempre predispuestos para lo peor. Así, en la medida en que seamos capaces de tolerar y transigir con el miedo o el desasosiego, la sarna o la hemofilia seremos capaces de adentrarnos en ese extraño universo imaginado por Segismundo Garaicoechea.

 

INFANCIA, DESORDEN Y LITERATURA

 

Segismundo vino a este mundo a la temprana edad de tres años en la castellana ciudad de Ávila, aunque eebido a la profesión de su padre, un capitán de la marina mercante, Segismundo no tuvo una infancia normal. Periódicamente se veía obligado a cambiar de hogar, de amigos, de colegio. Y ya se sabe que los niños son muy sensibles a los cambios bruscos, así que quizás aquel constante ir y venir tuviese la culpa de ese carácter suyo tan de hoja caduca que siempre le acompañó durante toda su vida. Y es que muchos fueron los puertos que conoció, los mares que surcó a tan corta edad. Lugares y páramos que le brindaron una educación sentimental diferente al resto de los niños.

Y a pesar de todo creció feliz y fue un niño precoz para todo lo que se propuso, incluso se diría que superdotado. A los trece años ya sabía hablar, a los diecisiete montaba perfectamente en bicicleta y a los veintiuno resolvía sudokus de dificultad media. A los veinticuatro dio a la imprenta El Esputo (autopublicada por él mismo con unos medios bastante rudimentarios), recibida con una fría acogida por parte de los sectores más reaccionarios de la crítica nacional. En él, Juan Sebastián Elcano es teletransportado en una máquina del tiempo al siglo XXI. Una vez en nuestros días es sometido a una infinita entrevista por un polígrafo poseído por el espíritu de un antiguo jefe Sioux. Más que de una novela (como se vendió en su momento) se trataba de un ensayo sui generis sobre las siempre difíciles relaciones entre el hombre moderno y la historia. La clave de El Esputo residía en que por primera vez un libro se atrevía a desafiar tres campos de la física hasta entonces intocables para la literatura, a saber: la ley de Kepler sobre el movimiento de los cuerpos celestes, la ley de Hooke de los cuerpos elásticos y el principio de incertidumbre de Heisenberg.

Aun con las limitaciones de distribución de toda opera prima (apenas una tirada de tresmil ejemplares) logró llamar la atención en los círculos del movimiento surrealista y del instituto Rutherford, lo que le sirvió de caja de resonancia para llegar a nuevos lectores. Así consiguió que una editorial se interesase por él, le diese una nueva oportunidad y de paso le reeditase El Esputo (Editorial Zulaika; 2002).

 

            Con la publicación de su siguiente libro, Los investigadores salvajes (Editorial Zulaika; 2004; adaptada al cine con el nombre de Top Gun II), le llegó el reconocimiento de crítica y público. En él retrata en clave de fantasía erótica la reconstrucción del faro de Alejandría por parte de una colonia de judíos sefardíes exiliados en el siglo XVI. Ahora causa risa, pero en su momento fue catalogado de artículo X y prohibida su venta a menores.

La novela comienza con una gran orgía/bacanal  donde todos los miembros de la comunidad (incluidos menores y animales de carga) deciden aunar esfuerzos para reconstruir la antigua maravilla del mundo. Según avanza el relato se confunden sexualidades, perversiones, planos del levantamiento topográfico. La construcción del faro (símbolo fálico se mire por donde se mire) no es más que la excusa perfecta para diseccionar la mente humana, para hurgar allí donde habitan sus deseos más secretos, su apetencia por la vida y por todo lo vivo. El final es propio de Sodoma y Gomorra, y por lo tanto demasiado humano: un dios (no especifica cuál, probablemente sea él mismo) enfurecido por las desviaciones de Alejandría descarga su ira divina sobre el faro, destruyéndolo a él y a todos sus constructores (incluidos menores y animales de carga).

 

            Aun con todo, las ventas del libro no son suficientes para vivir de sus rentas, por lo que en 2006 abandona temporalmente la literatura para dedicarse a un verdadero oficio (su famélica silueta así lo aconseja). Técnico del gas, deshollinador, actriz porno, vicepresidente ejecutivo de British Petrolium y finalmente comercial de una marca de cosméticos.

Durante varios años recorre España y Andorra ofreciendo sus productos de belleza a la sofisticada mujer del siglo XXI.

 

 

 

 

LA ETAPA ROMANA

 

Era imposible que su sensibilidad de artista encajase con su nueva vida de asalariado por cuenta ajena, así que en 2009 aprovecha ciertos problemas burocráticos con la Seguridad Social para retomar su carrera de literato y probar fortuna en otro país, otra ciudad: Roma. Así aterriza en la capital italiana, cuna de las lenguas romances, con la intención de labrarse una reputación como escritor de prestigio.

 

Atraído por las obsoletas ideas de Benito Mussolini e influido por la lectura de Marinetti (la literatura oficial del Fascio) concibe La cabalgata de los filos nazis (Editorial Apocalipsis; 2009), probablemente uno de los libros más aburridos de la historia de la literatura y que bien pudiera ser un capítulo más de La política de Aristóteles, tal y como reconoce él mismo en el prólogo al mismo. Un Segismundo más político que nunca analiza la constitución de Fruitopía (aquí la sombra de Tomás Moro, Campanella y PepsiCo es alargada), ciudad-estado inventada para la ocasión. El libro lo constituyen 5 capítulos, a saber: Fronteras, límites, contornos y geopolítica; El fascismo, la cuestión racial, los principios morales y la lucha por la dignidad; Natalidad, mortalidad, estrategias demográficas y eugenesia; Sindicalismo nacional y representación vertical;  Las artes, el transporte  y los sistemas de telecomunicación. Su publicación coincide con unas jornadas en Roma de desagravio y homenaje a José Antonio Primo de Rivera inscritas en el marco de la gran cruzada europea-católica. “Cruzada” de la que Segismundo no tarda en desmarcarse para defender posiciones totalmente contrapuestas y combatirla abiertamente. Así podemos entender su extraña adopción de los principios de la tercera internacional. El caso es que Segismundo termina renegando de su propia novela y renunciando a sus derechos de autor, lo que le vale la animadversión de Falange Española y la Sociedad General de Autores.

 

Tras cinco años de silencio reaparece con 008 contra el Doctor Sí (Editorial Deckard; 2014). Un “divertimento” serio en el que, camuflado bajo un clásico relato de terror, se esconde una ácida sátira política acerca del papel que ha de jugar la genética en las políticas municipales del futuro:

Tras una explosión nuclear, la Lombardía es tomada por una legión de zombies radiactivos con poderes telepáticos. La sombra de una guerra civil entre los humanos supervivientes a la explosión nuclear y los zombies va tomando forma. Tras unas semanas de reconocimiento y estudio mutuo, la enemistad entre ambos bandos se materializa  en una sangrienta carnicería. Aglutinados bajo la causa común de la patria, los vivos-vivos se deciden a aplastar a los muertos-vivos. Tres batallas son suficientes para acabar con ellos. Los zombies no muestran resistencia en ningún momento, es más, se entregan con humildad a su destrucción, como corderos camino del matadero. En un emotivo alegato final, un zombie moribundo compara Brescia con el huerto de Getsemaní y Milán con el monte Gólgota, confundiendo su propia muerte con la crucifixión del rey de los judíos.

En la lejanía, observándolo todo desde una firme atalaya (unas veces de una altura considerable y otras simplemente metafórica), se encuentra Garibaldi, el padre espiritual de todos ellos.

Su publicación fue premiada con numerosos galardones: Gran Prix Internacional, Rómulo-Gallegos…

 

LOS AÑOS DE MINNESOTA

 

En 2016, asqueado de la política y la sociedad europea, decide darse un respiro y marchar una temporada a América. Así, sin pensarlo mucho, se diría que a ciegas, aterriza en Minnesota, un estado del que lo ignora todo. Rápidamente se adapta a los usos y costumbres locales. Aprende a montar a caballo, a marcar al ganado: de la noche a la mañana se convierte en el primer cowboy con más de tres libros publicados.

 

Se estrena en este periplo americano con una de sus obras más personales, Hagiografías reprobables (Editorial O´Toole; 2017), en un claro homenaje a las Vidas imaginarias de Marcel Schwob (autor al que profesaba una confesa admiración), donde va hilvanando vida y milagros de improbables padres de la iglesia que renuncian a su santidad en nombre de Satanás para entregarse a la voluptuosidad de la carne, a la concupiscencia, al estupro, a la traición, al robo, al asesinato, a la mentira, al tráfico de drogas, a la extorsión, a la blasfemia. El libro está escrito con un lenguaje totalmente visceral, con una rabia hasta entonces desconocida en Segismundo, coincidente con la perdida de su fe cristiana y su declaración de apostasía

El Vaticano, a través de L´observatore Romano, anatematizó públicamente el libro y prohibió su lectura a todos los católicos. A pesar de todo el éxito del libro fue inmediato.

 

Como respuesta a la Iglesia Católica Segismundo concibió El Coronel no tiene quien le rasque (editorial Perséfone; 2019). La historia en sí no tiene nada de especial (un robot que se cree Nietzsche y mata a su creador), pero es la forma y el modo que tienen cada párrafo, cada frase y cada palabra de supurar rencor y resentimiento lo que la desmarca (y por ende la eleva) de otras fábulas morales de su tiempo. En sus escasas páginas (trece en la edición de Perséfone) trata de explicar de una forma novelada la concepción del pecado. Alejado de las grandes religiones monoteístas, se desmarca y defiende un pecado totalmente amoral, un pecado entendido como un acto revolucionario, prístino, inocente, incluso liberador, la misma esencia de la condición humana. En el personaje protagonista, el robot DD34, se descubre un velado homenaje al revolucionario ruso León Trotsky, si bien el crítico Arturo Hickman (Los últimos días de Albacete; Editorial Sabina; 2045) sostiene que DD34 es un fallido simulacro de Lizza Minelli. En realidad da lo mismo, DD34 no es más que un dios menor venido a menos que acaba suicidándose: una clara alegoría de la filosofía postmoderna.

            Decir a estas alturas que se trata de un clásico moderno no es más que engañar al lector; decir a estas alturas que se trata de una novela que no tardará en ser olvidada es acercarse bastante a la verdad; decir a estas alturas que se trata de un plagio indemostrable (por lo menos por mi parte) de El Hobit es hacer justicia; decir a estas alturas que sin temor a caer en la exageración se trata de una obra maestra es algo ya totalmente innecesario.

 

EL LARGO ADIÓS

 

“A veces me siento como una gogó en Teherán, como un palíndromo fuera de lugar…”, escribió poco antes de morir (Los Serrano: la novela; Editorial del Agua, 2035) en el delirio de una larga agonía que duró más de tres años.  Cuando en 2023, al poco de recalar en Madrid, de nuevo en tierras españolas, le diagnosticaron una esclerosis múltiple no tembló en ningún momento; como en una novela de  Raymond Chandler (El largo adiós sin ir más lejos) Segismundo tenía claro que cuando llegara su hora se enfrentaría a ella solo, desnudo, con las manos vacías y un pase VIP, igual que lo haría un místico sufí. Así lo hizo.

 

En esta última etapa de su vida, un Segismundo enloquecido por el dolor olvida por completo las convenciones sociales y opta, de una forma intencionada, por el escándalo abierto. Así la polémica le acompaña hasta última hora, ya moribundo, con El tambor de teflón (Editorial Fantástica; 2024). En él coquetea con la idea de que Lee Harvey Oswald (el asesino de Kennedy) es un mercenario ewok contratado por Jabba el Hutt para cometer el magnicidio más sonado del siglo XX.

El libro arranca con un atormentado Oswald llorando inexplicablemente por la destrucción de la Estrella de la Muerte en su planeta natal, Endor. El dolor y la sed de sangre le arrastran a una carrera de autodestrucción que terminará con el asesinato de JFK en Dallas en 1963. En el trasfondo se adivina un posible parentesco entre Oswald y el impulsor de La Estrella de la Muerte, Darth Vader (una maniquea metáfora de la figura freudiana del padre), cerrando así un círculo apenas entrevisto para el lector no familiarizado con su obra.

Tal es el escándalo con su publicación que un juez de San Francisco dicta orden internacional de busca y captura para Segismundo. Afortunadamente su delicado estado de salud consigue no hacer efectiva la voluntad del juez… si bien no creo que le hubiese importado lo más mínimo acabar en una cárcel californiana. Pero él tiene otros planes para sus últimos días. El caso es que una semana antes de su muerte entrega a la imprenta una suerte de antimemorias por encargo a las que llama Los Serrano: la novela (Editorial del Agua, 2026): un ejercicio de catarsis personal donde a través de innumerables incongruencias cronológicas vertebra una biografía claramente inventada, donde no trata de vender los logros de su vida sino de evocar todo aquello que le hubiera gustado ser. Paramilitar en Colombia, mamporrero en Kansas City, sexador de pollos en Logroño, pero en ningún caso escritor, eso nunca. El oficio de escribir (siempre en palabras del propio Segismundo) es el más execrable de los delitos; así el escritor, obligado a cumplir con su deber, se convierte en un suerte de masoquista que se presta voluntario a ingresar en un campo de concentración nazi con el fin de rociarse con gas o construirse el crematorio que le devolverá a su naturaleza de polvo.

En su imaginario personal el escritor ni siquiera es capaz de respetarse a sí mismo (y eso Segismundo nunca se lo perdonaría), por eso merece el mayor de los escarnios, la más atroz de las torturas: el más imposible de los olvidos.

Y es precisamente ahora, tantos años después y con la sola ayuda del tiempo, cuando ese oscuro deseo (el justo final del escritor) parece haberse hecho realidad…

 

 

 

EPÍLOGO PARA MARSUPIALES

 

Con la muerte de Segismundo Garaicoechea el 15 de Julio de 2026 las letras hispánicas (y por qué no, también la literatura mundial) no sólo perdieron a su último y más acertado revolucionario, sino también la posibilidad de una verdadera novela total, una novela globalizadora que pudiera guiarnos a la tierra prometida, un compendio o un corolario de lo que la literatura podría llegar a ofrecer o, mejor aún, a ser.

Por desgracia nos ha costado demasiado tiempo comprender que su literatura era en todo modo orgánica (su obra siempre estuvo salpicada de bilis, de semen, de linfa, de pus, de orina…), y como tal biodegradable y afectada por el hedor de la pudrición, de lo caduco, de lo que no persiste en el tiempo… Sólo así podemos explicarnos por qué ya nadie parece querer acordarse de Segismundo Garaicoechea, del gran escritor que fue, que sigue siendo y que por siempre será. Amén.

Su muerte, como quería, no fue noticia.

 

 

BIBLIOGRAFÍA COMPLETA

 

  • El esputo
  • Los investigadores salvajes
  • La cabalgata de los filos-nazis
  • 008 contra el Doctor Sí
  • Hagiografías reprobables
  • El coronel no tiene quien le rasque
  • El tambor de teflón
  • Los Serrano: la novela

 

 

 

 

 

  

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EL NIÑO MARTINEZ

EL NIÑO MARTINEZ

 

Al verlo, pensé que el cartero se había equivocado. El paquete era enorme, como para guardar una lavadora. Pero ahí estaba escrita mi dirección, mi nombre: no había duda. Firmé el resguardo y me quedé mirando la caja de cartón. El caso es que no suelo recibir correo, y menos cartas del tamaño de una vaca, así que estaba bastante sorprendido. No debía ser el único: a través del seto podía advertir las aviesas miradas de los vecinos. Como no me gusta ser el centro de atención entré a casa, todavía medio adormilado, a buscar una carretilla. Lo cargué y me lo llevé al garaje, junto a la moto de papá. Debía de ser de plomo, pues pesaba como un elefante. Lo abrí y busqué alguna nota que explicase de qué se trataba. No encontré papel alguno.

 

Mi primera impresión fue que me encontraba ante un satélite, una especie de Sputnik perdido o un cubo de rubik venido de otra galaxia. De él sobresalían multitud de antenas, pequeñas chimeneas y una cantidad indeterminada de diminutos apéndices. El brillo apagado que desprendía hacía pensar en la superficie metálica de las antiguas planchas. Qué podía ser aquello. Era una máquina pero a la vez no lo era, no sé si me explico. Parecía que quería ser una máquina, pero a mí me daba que sólo se quedaba en un deseo. No estaba claro que sirviese para nada en concreto, en realidad lo que no estaba claro era qué hacía en mi casa. Lo mismo era un pequeño eslabón en el mecanismo de un ingenio más complejo, me dije, como una bujía en el motor de un coche.

La carcasa estaba salpicada por botones de diversos colores: rojos, negros, azules, amarillos…Opté por uno azul. Un agudo pitido (como de meter un cordero en un rayador de queso) estalló en una violenta descarga que se prolongó durante unos pocos segundos, los suficientes para inundar el garaje con una pegajosa adrenalina. El aire se tornó denso, pesado. Una humedad, como de resina de árbol, me fue resbalando por la espalda obligándome a saltar hacia atrás, alejándome inconscientemente de aquello. Los ojos, a la manera de un sapo asustado, se me hincharon al tiempo que quedé momentáneamente sordo. Sentí el súbito deseo de destriparlo a patadas, pero me contuve no fuera a estallar… que la electrónica puede ser muy caprichosa. Cuando recuperé el oído escuché a lo lejos una radio en la que hablaban de lo del niño Martínez, debía de ser mi madre desde el porche del jardín.

 

Apenas sobrepuesto al susto inicial, la máquina, o lo que diablos fuera aquello, comenzó a vibrar como movida por un zumbido interior, poseída por un nervioso aleteo de colibrí. Había enloquecido. En su relleno mecánico imaginé una plañidera epiléptica, una algazara de taladros. De repente su figura fue menguando hasta desaparecer, dejando en su lugar un pequeño vórtice capaz de hacer gravitar (o de fagocitar) toda la habitación en torno suyo, como una supernova que se hubiese replegado sobre sí misma. La luz del garaje adoptó la textura del plasma o de la miel condensada y fue arrastrada hacia él, como si infinidad de cadenas tiraran de ella a través de esa viscosidad fluorescente. Hubiese jurado que un agujero negro se había instalado en mi garaje. Por un instante me pareció que mi piel jugaba a soltarse de la carne, como atraída por un potente imán. Incluso el pelo intentaba remolcarme, hipnotizado por lo que veía. La realidad se retorció en un extraño espejismo, el perfil de las cosas se desdibujó hasta que todo pareció ser uno. Incluso pude sentir cómo me fusionaba con el universo que me rodeaba, cómo era una parte más de él.  

Fui reculando con dificultad en busca de la puerta. Veía como a través de un cristal opaco. Me costaba avanzar, y cuando lo hacía era a trompicones. En un momento dado el garaje entero comenzó a ondular, como cuando lanzas una piedra al centro de un lago en calma, sólo que aquí no había una piedra acusadora sino un vórtice que absorbía toda voluntad de escapar. Yo mismo era una onda sin control, una cuerda de barco recortando un mar enrarecido. Mi cuerpo se agrandaba y empequeñecía en función de la amplitud y la frecuencia de esa extraña marea. Lo que antes estaba arriba ahora estaba abajo. Perdí el sentido de la orientación. Todo giraba a mi alrededor. El tiempo, y no sólo mi reloj, abandonó su natural consistencia de cronómetro para terminar… cómo decirlo… para terminar licuándose, goteando como en aquel famoso cuadro de Dalí. Tenía la certeza de que iba a explotarme la cabeza, como cuando un astronauta se libera de su escafandra en gravedad cero. Mi cuerpo, a esas alturas una adivinanza de carne y huesos, se negaba a responderme: dentro de mí se había enquistado un remolino. Se podría decir que el azar y el desorden regían todos mis movimientos. No podía pensar en nada, el pánico había hecho de mi mente un folio en blanco.

A partir de aquí los recuerdos son confusos, como si al asomarme a la memoria lo hiciese a través de una lente desenfocada. Las imágenes son borrosas, se difuminan. Creo que estuve gritando durante horas… o lo que a mí me parecieron interminables horas, no podría asegurarlo. Puede que  me quedara dormido o incluso que llorara, no lo sé. El caso es que todo cesó cuando abrieron la puerta. Así, para cuando entró mi madre, la noticia ya había corrido como un reguero de pólvora:

-  ¿Ya lo sabes? Ay, es horrible hijo mío, han encontrado muerto al niño Martínez.

 

 

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PONGAMOS POR CASO

PONGAMOS POR CASO

 

Pongamos por caso que encuentro una vara de metal oxidada, cortante, afilada. La miro, la palpo, incluso la huelo. Como es natural, decido atravesarme el vientre con ella, a la altura del ombligo. Un poco por sorpresa, sin proponérmelo verdaderamente, voy hundiéndola en mis entrañas. No siento nada. Estoy relajado, tranquilo, concentrado en mis cosas. Me gusta, no puedo negarlo. Imagino ser el ayudante de un ilusionista, uno famoso. En el espectáculo, el supuesto mago atraviesa mi cuerpo, que está encerrado en una caja mágica, con veinte espadas. Yo salgo ileso. Sano y salvo. Parece que incluso puedo oír los gritos y los aplausos del público. Saludo y hago una reverencia agradecido. Es reconfortante. Pero esto es diferente, aquí no hay público, no hay mago, ni siquiera hay truco. No puedo doblarme. He adoptado la figura de una estaca. Recto como un ciprés, como un alfiler, como una estatua de mármol. Finjo indiferencia, incluso desidia. No me importa qué pueda sucederme. Una mancha del color del carmín borbotea y circunda el cráter recién formado en el abdomen. Cada vez me cuesta más respirar, horadar mis vísceras. Me faltan fuerzas, como si el aliento me recorriese montado en un caracol. Estoy bien, no pasa nada. Creo haberme desgarrado el hígado, no estoy seguro. La dirección es oblicua a la incisión, así que no puedo asegurarlo. De haber seguido la perpendicular al orificio de entrada me hubiese topado con las vértebras; creo que hubiese sido peor. Siento cómo la herrumbre empapa los intersticios de mi dicha. No siento dolor, no puedo quejarme, me siento feliz. Me cuesta respirar, eso es todo. En general puedo afirmar que lo estoy pasando bien, estoy disfrutando. Me tiemblan las rodillas, la vista se me nubla, un sudor frío desciende por mi espalda. Estoy sereno, sobrio, alerta, más vivo que nunca. Sostengo la vara con las dos manos y la hundo más y más mientras la hago girar, como el samurai que está preparado para el decisivo harakiri. Jirones de carne confirman que voy por el buen camino. Un último esfuerzo que recuerda al jadeo del orgasmo me atraviesa la espalda. Tras los músculos que sostienen las costillas sólo hay una tenue luz. Vuelvo la mirada y ahí está el gusano metálico, mudo, ebrio, orgulloso. Un violento vómito de sangre me inunda la garganta. Tengo sueño, estoy cansado, se me cierran los ojos.

            Pongamos por caso que encuentro una pistola cargada…

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TRAS LA PISTA DE JUPITER

TRAS LA PISTA DE JUPITER

 

Cuando cumplí los quince años me regalaron un libro de Philip K. Dick. Se llamaba Ubik. A la semana siguiente no sólo ya lo había leído un par de veces sino que ya tenía claro lo que quería ser de mayor: escritor de ciencia ficción. Aquel año leí a todos los clásicos del género: Isaac Asimov, Gustav Lem, Dan Simmons, Ray Bradbury, Aldous Huxley, Edward S. Bravo, H.G. Wells, Orson Scott Card, Frank Herbert, también a Arthur C. Clarke –qué remedio-. Me compré una maqueta del Halcón Milenario y me prometí que cuando fuese un famoso escritor haría construirme uno de verdad, a escala real. Soñaba continuamente con el título de mis futuros libros: El droide de la quinta dimensión, El imperio de Orión, Los cosmonautas del hielo… Sin embargo, para mi desgracia, nunca encontraba el momento adecuado para comenzarlos. Quizás fuera pereza, quizás fuera falta de talento, pero el caso es que prefería pilotar mentalmente mi Halcón Milenario antes que sentarme ante mi vieja máquina de escribir, una olivetti de herencia familiar. Poco más puedo recordar de mis quince años, tan sólo aquel libro y la promesa de un sueño. Cuando cumplí dieciséis años me regalaron una novela de E.M. Foster. Se llamaba Una habitación con vistas, creo que la llevaron al cine. Me costó leerla casi un mes, y si la terminé –cosa de la que no tardé en arrepentirme- fue por no hacerle un feo a quien me lo había regalado. Aquello no era para mí, era horrible; lo mío era la ciencia ficción. A mí lo que me gustaba de verdad eran las historias de robots humanos, de androides autómatas, de naves espaciales que escapaban de agujeros negros, de civilizaciones perdidas a millones de años luz de nosotros. De gente como E.M. Foster no quería saber nada. Ni de él ni de nadie. Encerrado en mis libros –en mis libros de ciencia ficción se entiende- era feliz. No necesitaba a nadie. Empecé a volverme huraño y reservado de la noche a la mañana. Me molestaba la gente, la evitaba. Fue así como comenzaron mis problemas. ¿Qué clase de problemas? No lo sé: problemas. Los problemas no necesitan adjetivos, son problemas y punto. Estaba solo y no me importaba en absoluto. Ahora bien, aunque me negara a admitirlo, en el fondo sabía que era el mundo quien en realidad no quería saber nada de mí. No les culpo. Mi vida era tan insulsa como la suya, tan gris y tediosa como la que más. Cualquier persona inteligente huía con sólo verme aparecer. Qué asco, por qué no podía ser yo como Han Solo. Mi vida, comparada con la suya, parecía un infinito juego de diferencias. Sabía que nunca volaría tan alto como él, tampoco lo pretendía, pero por haber escrito aquel dichoso libro de ciencia ficción hubiese dado 10 años de mi vida, ¿era pedir demasiado? No lo creo.

 Quería escapar de La Tierra, huir lejos, muy lejos, conocer otros universos, otros mundos; así podía pasarme noches enteras subido al tejado de mi casa escudriñando el cielo en busca de señales de Naboo o Dagoba,  me encantaba. Sin embargo era incapaz de juntar cuatro líneas seguidas en un papel en blanco, por qué: no lo sé. Idiota de mí. Así me maldecía todos los días por mi ineptitud. Era un inútil y yo mismo me encargaba de recordármelo. Me odiaba. También odiaba a los demás, especialmente a los demás, muy especialmente a mí. Qué podía hacer.

Como mi sueño de poseer un Halcón Milenario no se materializaba, cuando cumplí los diecisiete me construí una nave espacial, mía, propia. Mi primera nave espacial. No era como el Halcón Milenario, claro, todavía no era un famoso escritor de ciencia ficción, ni siquiera era un escritor, pero era el orgulloso propietario de un bólido sideral, y eso, por descontado, era lo realmente importante, el resto ya vendría solo, o eso pensaba yo entonces. La llamé El Halcón Centenario. Me hice cosmonauta -¿sabían que los soviéticos utilizaban el término cosmonauta mientras los americanos preferían el de astronauta?-; había leído en alguna parte que un escritor debía experimentar en primera persona aquello sobre lo que iba a escribir. Así que pensé que fingiéndome cosmonauta me sería mucho más fácil. Un día, al volver de un paseo espacial por la débil atmósfera de Io, una de las numerosas lunas de Júpiter, alquilé en el holoclub Barbarella -qué gran película, véanla, no se arrepentirán-. No sé si me enamoré de su protagonista, Jane Fonda, o de la propia Barbarella, no lo tengo claro. El caso es que Jane Fonda o Barbarella, tanto monta monta tanto, era todo lo que un futuro escritor de ciencia ficción -como era mi caso- podía desear: era hermosa, era extraterrestre (aunque con apariencia humana), era inteligente, era rubia, en definitiva, era imposible. Investigué y resultó que Barbarella había sido en su origen un personaje de cómic francés. Aquello habría nuevos horizontes a mi futura carrera de escritor. Coqueteé con la idea de hacerme guionista de cómic (dibujante no, hasta un ewok dibujaba mejor que yo); en realidad todo lo que yo quería era continuar con las aventuras de Barbarella y, para ser más exactos, compartir con ella un tórrido romance en la ficción. Por supuesto, como ya habrán adivinado, no funcionó, tampoco fui capaz de escribir el guión. Ni libros ni cómics ni chicas imposibles, nada de lo que me proponía cuajaba.

 

**Antes de continuar me gustaría aclarar un asunto de suma importancia para mí –siempre me veo obligado a ello-: odio Star Trek. Pensarán que eso es imposible, que no se puede amar la ciencia ficción y odiar al universo Star Trek al mismo tiempo. Pues sí es posible, créanme. Nunca he soportado al capitán Pickard, a Spock, a la Enterprise (Ay, mi querido Halcón Milenario…)… ¿Pero quién demonios es capaz de aprender a hablar esa estupidez del Klingon? Hay que ser tonto. Dios, es patético.**

 

Cuando cumplí 18 años dejé de leer. Quemé todos mis libros, incluido Ubik. Estaba harto, nunca sería capaz de escribir nada y su presencia no hacía sino alimentar el recuerdo de mi fracaso, o mejor dicho, de mi insignificante fracaso, pues a nadie parecía importarle. No salvé ninguno. Ahora me arrepiento, pero entonces creí hacer lo correcto. Por paradójico –y triste- que resulté me veía a mí mismo como el protagonista de Fahrenheit 451 (Ray Bradbury, 1951; el título hace alusión a la temperatura a la que arden los libros), donde, en un oscuro futuro incierto, brigadas antinatura de bomberos se dedican a quemar todos los libros que encuentran a su paso, muy del estilo de Bradbury, la perfecta pesadilla futurista de Kafka. Por supuesto, Fahrenheit 451 también ardió, como ya he dicho no se salvó ninguno. Ojala hubiese sido yo uno más de los condenados a la hoguera. Por desgracia, mi gris medianía resultó ser de un amianto ignífugo.

Por aquel entonces acabé la escuela elemental –un centro patibulario que olía a casquería-. A punto estuvo la exozoología de hacerme repetir aquel último curso. Me hubiese dado lo mismo. Era tal mi estado de apatía que ni siquiera acudí a recoger mi diploma. ¿Acaso debía alegrarme de tamaño éxito? Si así era, a mí no me sucedió. Los estudios no eran la panacea que demandaban mis problemas. Todo me daba igual, todo era incertidumbre. Qué iba a ser de mí. La desidia que me carcomía por dentro sólo me permitía vislumbrar  un gran agujero negro en mi futuro. Hasta entonces, toda mi vida había sido una tomadura de pelo, un timo, un tongo apañado por alguna perniciosa inteligencia artificial que me quisiera el mal. Me sentía como Sísifo, condenado por la eternidad a empujar una enorme roca a la cima de una montaña, agotado, para que al coronarla la roca volviese a caer a su base. Necesitaba de nuevos aires que aventaran mi ajado porvenir

 

Cuando cumplí 19 años me independicé, me compré un pequeño satélite artificial en el cinturón de asteroides de Marte y me fui a vivir con una venusiana que conocí en un congreso interplanetario de inteligencia artificial. Se llamaba Minerva. Era rubia, inteligente, hermosa, extraterrestre. Consiguió, en un principio, que volviese a creer en la raza humana, cosa nada fácil. Lo tenía todo, mejor dicho, casi todo, pues le faltaba lo más importante: no era imposible, no era como Barbarella. Eso nos mató. Nuestra historia duró apenas un año mercuriano, y vaya si dio de sí, cómo lo aprovechó, no hay duda. Siempre he sido un tipo pusilánime, no lo niego, pero Minerva se encargó de minar mi voluntad, de convertirme en un triste lacayo de sus deseos. Proponía y disponía de mí a su antojo. Creo que para ella no debí ser más importante que su robot de cocina. Una femme fatal del espacio exterior, eso fue para mí. Pero si hubiese sido imposible –como en un principio creí- no me hubiese importado ser su pelele particular –a Barbarella le hubiera perdonado todo-; no fue el caso y terminé hartándome, o haciendo que ella se hartara de mí, cosa que se acerca más a la realidad. Nunca entendí qué buscó en mí, qué encontró en mí, y si encontró algo –lo que no está claro- qué fue lo que le disgustó. Por qué entonces me concedió aquel exiguo año mercuriano, acaso pensó que podía aprovechar también la carroña de mis despojos. Cuando nos separamos le dejé el asteroide y todo lo que había de valor en él –poco-. Sólo me llevé mi vieja Olivetti.

 

Cuando cumplí 20 años me alisté voluntario en la marina espacial. Pensé que la Confederación de Planetas haría un hombre de mí. Fui destinado al sector 7G del sistema Omicron-persei. A la semana de mi llegada se declaró la guerra contra la Unión Galáctica Internacional. Me armaron con un subfusil láser y me mandaron a defender las estratégicas minas de Tungsteno de la nebulosa XC47. En el año que pasé en el frente no vi aparecer ni una sola nave enemiga. La acción estaba a miles de años luz. A todo esto yo vivía con un androide de servicio al que llamaba Bishop. Nos hicimos amigos. En el artificio de su memoria guardaba toda la bibliografía existente sobre ciencia ficción del siglo XX. Cuando no había nada que hacer –cosa que ocurría con demasiada frecuencia- le hacía recitar de memoria capítulos enteros de Ubik. Fue así como retomé mi idea inicial de ser escritor; la marina espacial, como si de una novela de E.M. Foster se tratase, no iba conmigo. Cuando cumplí 21 años me escapé. Fui declarado desertor y en consecuencia pasé a estar en busca y captura. Ser fugitivo se convirtió en una rutina más. Al principio, para qué engañarnos, me veía como un héroe romántico en una huida continua, y eso me gustaba, no lo niego, pero pronto me cansé de mi estatus legal. Era más problemático de lo que yo pensaba. Disponía de 60 créditos oficiales y no podía hacer uso de ellos porque estaban a nombre de un forajido espacial, es decir, a mi nombre. Busqué refugió en el único lugar del universo donde nunca hacen preguntas: el sistema bisolar Aleph X12. Al principio malvivía robando uranio enriquecido de las numerosas naves de carga con motor termonuclear que atracaban en Port Prince- con el tiempo el negocio se extendió a otros campos: tráfico de uranio, de armas, de oxígeno ozonificado…-. El uranio era muy cotizado en aquel rincón del universo. Tenía un socio de nombre impronunciable, un coniforme abisal, ya saben, esos seres hediondos inmunes a la suciedad, a la basura, a la mierda, y lo más importante: a la radioactividad. En cualquier otro lugar no le hubiesen dejado salir de las cloacas, pero allí era diferente, cuanto más desagradable fueras más respeto infundías. Como ya he dicho, había retomado la idea de escribir mi primera novela de ciencia ficción. Vivíamos bien. El negoció pronto se diversificó. Los golpes que dábamos cada vez se espaciaban más en el tiempo, así que disponía de todo el que quisiera para escribir, o para no escribir según se viese. Estaba decidido, o me ponía entonces o no lo haría nunca. Compré una mesa escritorio, un marco de fotografía y un retrato de Philip K. Dick. Supuse que si el maestro presidía mi inspiración nada podría salir mal. Desempolvé mi vieja olivetti –una de mis escasas pertenencias que pude salvar y llevar conmigo al desertar- y me enfrenté de una vez por todas con mis demonios. Seguro que han oído hablar del vacío que siente el escritor  ante el folio en blanco. Es horrible. A mí me ocurrió, pero por primera vez en mi vida mi vocación natural pesó más que mis temores. Estaba en el buen camino. No había vuelta atrás. Tardé un mes en encontrar la inspiración, menos de lo que yo esperaba. Tenía una historia y la voluntad suficiente para escribirla. No necesitaba nada más. Dinero tenía de sobra. Tiempo también. El libro se iba a llamar Tras la Pista de Júpiter. Mi ópera prima. Mi primogénito. Éste era el argumento:

            Un grupo de hampones maquinan robar el planeta Júpiter. El plan es perfecto. Lo extraen de su órbita y lo impulsan fuera del sistema solar, en concreto al sistema bisolar Aleph X12. Una vez allí, con el planeta en sus manos y en busca de comprador, se cruza en su camino una mujer de belleza imposible –supongamos una Barbarella atraída por el lado oscuro de la fuerza-. A la espera de un cliente para el planeta ella se adueña de la banda. Siembra la discordia, seduce al supuesto jefe y le convence para seguir sus propios planes. Ella propone y ella dispone. Nada sucede sin que lo autorice, sin pasar por sus manos. Quiere recrear un nuevo sistema solar. Júpiter sería la capital del mismo. Un nuevo reino para una nueva reina. Es ambiciosa, quiere un mundo a su medida, un universo a sus pies. Un paraíso fuera del alcance de las brigadas policiales del espacio o del temido B.L.K, como en su tiempo lo fue la Isla Tortuga para los piratas del siglo XVII. Un paraíso a sus órdenes, a su voluntad. El grupo se rompe, se sublevan, reina la sedición. Ésa no era la idea original. Quieren el dinero y desaparecer con una nueva identidad y un crédito ilimitado. Preparan una trampa para la mujer. Una ratonera. Un mercenario se le ofrece para acabar con la vida de sus socios, sus compañeros de banda. Ella acepta y concierta una cita para concretar los detalles. Huelga decir que el mercenario no existe, forma parte del plan. Ella aparece en el lugar prefijado. El resto de la banda la espera para matarla. Se oyen disparos, hay una gran confusión. No ha salido como estaba planeado. Está herida pero ha conseguido matar a dos de ellos –siempre va armada-. En medio del desconcierto aparece la B.L.K., alguien les ha dado el soplo. Ha sido ella, sabía que era una trampa. La banda es detenida. Ella logra escapar escondida en una cápsula personal de impulsión magnética. Tampoco ha salido como ella pensaba, tiene una herida de fusil láser en el abdomen. Se refugia en Júpiter. La BLK la persigue. Logra engañarles en un principio, pero sabe que herida como está no hay escapatoria posible. El final es bastante previsible. Antes de que la cojan viva hace explotar el planeta. Se lleva con ella todo lo que encuentra por delante: su vida, 57 patrullas especiales de la B.L.K, un planeta, 3 cargueros espaciales que tuvieron la mala suerte de cruzarse en su camino y 17 satélites de telecomunicaciones. La explosión puede verse en toda la galaxia, tal es su magnitud que una poderosa luz la inunda hasta cegarla.

           

            La historia era mediocre, lo admito, pero dadas mis limitaciones no podía quejarme. Trabajé en ella medio año, hasta que cumplí los 22. Mal escribí 3 borradores. En realidad no fui capaz de terminar un sólo manuscrito. El relato parecía un puzzle al que le faltaran piezas por encajar. Tenía problemas para mantener el tiempo verbal, pasaba del pasado perfecto al simple sin razón alguna, sin explicación plausible. La sintaxis dejaba que desear. El argumento avanzaba a saltos, a trompicones. No conseguía resolver ciertos pasajes de la novela. Faltaban capítulos; otros sobraban. En el primer borrador la historia tomaba los derroteros de un desenlace circular, un bucle en el que principio y final coincidían. En el segundo era lineal. En el tercero me arriesgué y aposté por una historia en forma epistolar. Ninguna funcionó. El problema no era la forma, sino el fondo. El relato no era homogéneo, no era uniforme. Me encontraba con capítulos que cuadruplicaban e incluso quintuplicaban al resto; en unos lo decía todo, en otros nada. No tenía sentido. La novela –en cualquiera de sus tres versiones- pecaba de una excesiva atomicidad: una verdadera historia no se compone de hechos individuales, de fotografías aisladas, de farragosos traspiés. Los puntos sobre los que debía orbitar estaban claros, lo más difícil estaba hecho, pero faltaba el cemento que debía unirlos, un cemento que siempre resultaba de una liviana combinación de lugares comunes incapaces de ligar su lectura intermitente, de dotarla del armazón necesario para su comprensión, como istmos que fracasaran en la sencilla tarea de comunicar las diferentes partes de la ficción. En su conjunto, la argumentación adolecía de una desigual densidad en su desarrollo. Era un gigantesco montón de mierda pestilente.

Aquel amasijo de folios ilegibles había quemado todos mis nervios, iba a acabar conmigo. No podía más, así que un día me dije que ya tenía suficiente, que hasta ahí había llegado. Y se acabó. Ahora, transcurrido un año de aquello, debo admitir que fui más que generoso en el ocaso de mi fallida novela, regalándole el mismo final que había deparado a las grandes del género. En la hoguera de su fracaso las igualé. Y así, otra vez la catarsis del fuego, la ruina incandescente de mi medianía; otra vez las llamas como implacables jueces de mis nulas cualidades de escritor.

Mis intentos de fingirme un literato ardieron como si de una herejía se tratase.

 

Mañana cumpliré 23 años. Tanto me da. No tengo nada que celebrar. Nada ha cambiado en mi vida. Han pasado ya muchos años y siento que no he hecho otra cosa que perder el tiempo. Ni Barbarellas ni Halcones Milenarios ni libros de ciencia ficción. Todo sigue igual, de cabeza y cuesta abajo. Me estoy volviendo loco. Así llevo  unos meses dándole vueltas a una idea: ¿qué hacer con mi vida? He tomado una decisión: voy a  congelarme. Qué otra salida me queda. He alquilado con un nombre falso una cápsula de criogenización durante 1000 años. No sé si servirá de algo, tengo mis dudas, pero mantengo la esperanza –si es que puede hablarse de esperanza- de despertar en un siglo menos cruel, menos cainita. En realidad soy un cobarde, a quién pretendo engañar, he preferido posponer mis problemas antes que enfrentarme a ellos, congelarme en una tregua y cruzar los dedos para que todo se solucione solo. He comprendido demasiado tarde que mi vida no es ninguna novela. Qué inocente he sido. Ahora me siento como un ciego incapaz de ver más allá de su glauco tamiz.

Aunque también puede que no me engañé y que sea verdad que necesito este punto y a parte, quién sabe, pero intuyó, o creo intuir, que quizás la solución sea mucho más sencilla –y más breve- que toda esta patraña de mentiras que han hecho de mí un autómata perdido. Quizás tan sólo se trata de convencerme de que ninguna Barbarella es real, que sólo son fantasmas que en ningún caso me merecen, y no al revés; que toda esta absurda fantasía no es sino un amargo placebo de la realidad, una bazofia que se comporta –y hiede- como la quimera de los huevos de oro. Pero ya es tarde. Dentro de exactamente dos horas seré un témpano con un coma inducido bajo cero. Así lo he elegido.

Por favor, no me juzguen

 

 

 

EDUARDO, MADRID-LOGROÑO 2666

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