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VIDA, OBRA Y MILAGROS DE RIGOBERTO TRUJILLO DE TEJADA

VIDA,
OBRA Y MILAGROS DE RIGOBERTO TRUJILLO DE TEJADA

INTRODUCCIÓN

Puede
que fuese la Providencia, quizás el azar, pero está claro que haber
nacido en un pesebre, rodeado de bueyes, mulas y suciedad, como
también fue su caso, algo tiene que marcar. Estoy hablando,
por supuesto, de Rigoberto Trujillo de Tejada. Santo, teólogo,
profeta, mártir y sobre todo creyente. Un buen cristiano que pasará
a la historia como el último apóstol. Un apóstol que,
anacronismos y últimas cenas aparte, tuvo la mala suerte de errar su
fecha de nacimiento; en concreto más de veinte siglos. Sucedió la
gélida noche del 24 al 25 de diciembre de 1959. Sus padres, José
(un pobre carpintero dedicado en cuerpo y alma a repartir briconsejos
entre sillas, armarios y estanterías) y María (amadísima esposa y
mejor madre), huyendo de una injusta y partidista persecución por
parte del Benemérito Cuerpo de la Guardia Civil, se vieron obligados
a refugiarse (según maledicentes chismorreos sin fundamento,
portando tres mil cajetillas de tabaco proveniente del estraperlo
andorrano) en un establo medio abandonado en San Clemente de Tahull,
provincia de Lérida (actual Lleida). A su feliz advenimiento
acudieron cientos, qué digo cientos, millones de pastorcillos de la
comarca a cantar para solaz y disfrute de la nueva criatura. Sonaron
grandes éxitos de ayer y de siempre: Campana sobre Campana, La
Internacional, A las Barricadas, Allá en el Rancho Grande, Caminito
de Belén, La Marimorena… También se presentaron tres extraños
tipos que afirmaban ser reyes de lejanos países de oriente
(Pakistán, Tailandia y Jamón de Guijuelo) y que portaban consigo
oro (que resultó ser mero latón), incienso y birra, en concreto mil
trescientas litronas de la época, de resultas de las cuales el
karaoke bucólico-pastoril allí montado acabó en una ebria algarada
de ruidos y gritos sin fundamento.

Tras
una anónima infancia (pareciera que la tierra se lo hubiese
tragado), no volvimos a saber de él hasta cumplidos ya los treinta,
en lo que se conoce como su período de vida pública. Qué fue de él
durante ese tiempo es una incógnita, una isla desierta a la que sólo
podemos acercarnos ejercitando el sueño y la imaginación. Se
cuentan muchas historias sobre Rigoberto, probablemente todas falsas,
que si se ganó la vida como conductor de rickshaws en Shangai, que
si fue azafata del 1-2-3 en la época de Mayra Gómez Kemps,
mamporrero en una explotación ganadera del Matto Grosso, actor
secundario en Regreso al futuro II, diseñador de Gucci, fotografo de
Playbloy, guionista de El Lute: Camina o Revienta, jugador de
blackjack en el casino de Torrelodones, guitarrista de Joaquín
Sabina, costalero del Cristo del Gran Poder en Sevilla… Y así
podríamos seguir rellenando folios y folios durante horas. La lista
es interminable. Pero no es éste el tiempo ni el espacio para
especular con rumores e incertidumbres. Vayamos pues a los hechos
probados, a los estigmas que dejó su vida en el mundo que le rodeó,
a la carne abierta en la que pueden verse reflejados todos los
escépticos que sólo entienden de dudas.

Así
pues, con este humilde ensayo, hagiografía más bien (estudio de la
vida de un santo), fruto de la probidad y las fuentes contrastadas,
no quiero sino dejar por escrito, para estudio y reflexión de
futuras generaciones, la figura del que ha sido ungido como el mayor
santo desde los tiempos de Santo Tomás de Aquino.

Para
que no se pierda en el olvido. AMEN.

EL
TEÓLOGO

Consciente
del peligro que representan las controversias dogmáticas, Rigoberto
orientó su labor pastoral a combatir abiertamente el arrianismo, es
decir, a quienes le niegan la naturaleza divina a nuestro señor
Jesucristo; al monifisismo, es decir, a quienes le niegan la
naturaleza humana a nuestro señor Jesucristo; al nestoranismo, es
decir, a quienes creen ver dos naturalezas separadas y nunca
coincidentes en nuestro señor Jesucristo, la humana y la divina; al
antimadridismo, es decir, a quienes le niegan la naturaleza merengue
a nuestro señor Jesucristo (malas personas, comunistas y por ende
antiespañoles). Todo ello acompañado de extensa, y más bien
densa, bibliografía.

Célebre
fue sin duda su opúsculo conocido como “Epístola a los
Calagurritanos”, donde desde un iniciático y metafórico viaje a
Tarso, es derribado por el brazo de Yahvé del no menos simbólico
caballo del escepticismo, para ser iluminado (previo beso del suelo
firme, a la manera de los nuevos Papas), como un nuevo San Pablo, por
esos renglones torcidos tan propios de la caligrafía divina. ( Un
apunte si se me permite: curioso fenómeno éste, el de la luz
cegadora/clarificadora, que tanta gloria ha repartido entre los
santos varones, desde los protomártires cristianos hasta los yogis
del Indostán). En él se despacha sin ningún pudor contra las ya
comentadas herejías y dicta una serie de lo que él llama “buenos
hábitos cristianos”. A la recomendable práctica de las conocidas
virtudes teologales (caridad, fe y esperanza) une un decálogo de
carácter higiénico-espiritual, en la mejor tradición de la regla
de San Benito:

  • Leer
    a diario a San Anselmo, Iron Man y otros doctores de la iglesia.

  • Ducharse
    con decoro, esto es: con bikini de una pieza o bañador, según
    corresponda a su género, siempre con el fin de evitar la tentación
    de Narciso.

  • No
    comer lentejas ni demás vertebrados superiores.

  • Ejercitarse
    en la gimnasia sueca.

  • Evitar
    tacones y alzas los jueves, los días de viento y las fiestas de
    guardar.

  • Masticar
    un mínimo de treinta veces antes de deglutir. Reconocida técnica
    propuesta ya en el siglo XIX por el doctor Fletcher.

  • Ejercer
    la mendicidad, la cuestación, la taxidermia, la estadística social
    y el sondeo a pie de urna.

  • Rezar
    orientados hacia alguno de los santos lugares de la cristiandad:
    Roma, Jerusalén, Santiago de Compostela, Patatas Lays receta
    campesina, Sydney o el Sporting de Gijón.

  • Huir
    del baile “agarrao” como de la peste o el ébola, culpable sin
    duda alguna de esta época de decadencia que nos ha tocado vivir.

  • Santificar
    los miércoles de ceniza, el día del espectador y, en su caso, las
    torres Kio.

Pero
también Rigoberto, como buen orador que se precie (un Demóstenes o
un Cicerón con denominación ibérica), supo valerse de su voz para
conectar con todos aquellos dispuestos a escucharle. El lugar era lo
de menos. Ya fuera en un mercado, un aparcamiento, las afueras del
Vicente Calderón o el púlpito de una iglesia, Rigoberto siempre
daba con la palabra y el tono justo para transmitir el mensaje
divino. E igual que otros hicieran antes, también él se sirvió de
las llamadas parábolas como instrumento y objeto de su apostolado:
“El concejal y la zarigüeya”, “El perdulario y la zarigüeya”,
“El hipócrita y la zarigüeya”, “La meretriz y la
zarigüeya”… Todas ellas recogidas bajo el acertado título de
“La comadreja y el Turrón de Xixona”. Muy celebrada fue su
parábola de “El banquero y la zarigüeya”, aquélla que concluye
con esta recordada sentencia: “Es más fácil que un rico pase por
el ano de un camello que entre en el reino de los cielos”.

EL
HOMBRE DE LOS MILAGROS

Aficionado
a la medicina milagrosa, Rigoberto centró su don curativo en la
sanación de aviesas hemorroides, fístulas y úlceras purulentas del
último tercio del tracto digestivo. Tal llegó a ser su fama, que a
diario acudían a él cientos de desesperados como última solución
a sus incómodos males. Su técnica era bien sencilla a la par que
definitiva. Se basaba en la imposición y remoción de lengua, labios
y cara interna de su santa carrillera allí donde campase el dolor;
me estoy refiriendo, obviamente, al recto y colon. Consiguiendo de
este modo el alivio instantáneo del enfermo así como asco, arcadas
y vómitos en el público allí congregado. Su acertado sobrenombre
de “El Divino Proctólogo” proviene, como es lógico, de su
escatológico aunque eficaz proceder. Y es que, a años luz de
cualquier tipo de escrúpulo, Rigoberto, henchido de esa eterna
sonrisa de la que siempre hacía gala, despachaba todos los problemas
con una frase que él tomaría como una firme actitud ante la vida:
“al mal tiempo buena cara”. Y bien cierto es, ya que su otro
milagroso don fue la meteorología y la modificación del tiempo
atmosférico. Sabedor del grave problema que suponen las sequías en
nuestro amado y caro país, se dedicó a estudiar e investigar la
forma de generar lluvia allí donde más se necesitaba. Ni la danza
de la lluvia de los cherookes, ni los poderes mutantes de Tormenta (
de los X-men), le convencieron. Tuvo que ser la oración y los ruegos
dirigidos a San Judas Tadeo, colega en el santoral y patrón de las
causas perdidas, el que le mostrase el camino a seguir. Así,
reconvertido en aguador, o más bien en portador de chubascos y
precipitaciones diversas, Rigoberto, con su mesiánico discurso del
clima, se dedicó a difundir la palabra divina a la par que sembraba
de abriles los secos y achicharrados páramos de nuestra piel de
toro.

Hay
un firme consenso en la comunidad científica a la hora de afirmar
que fue precisamente Rigoberto quien salvó a la huerta murciana de
una más que segura desertización. De ahí que los agricultores
pimentoneros erigiesen una estatua ecuestre en su honor; donde
Rigoberto, con bastón de mando y un mapa de isobaras, monta un
percherón con un sospechoso parecido a Briggitte Bardot.

EL
PROFETA

Con
la misma seguridad y precisión que una navaja o un reloj suizo,
Rigoberto se descubrió capaz de reducir el presente al tiempo del
mañana. Así, en su no tan conocida faceta de profeta se le puede
igualar, sin miedo alguno a caer en la exageración, con Isaías,
Daniel. o el mismísimo Jonás Fue él, sin ir más lejos, quien
pronosticó el triunfo del VHS sobre el Beta. Pero sus dotes
adivinatorios no se quedaron en meras curiosidades, también supo
valerse de ellos para mayor gloria del Hacedor, y por ende de
la humanidad entera. Suyas fueron apuestas tan arriesgadas como
predecir, con más de veinte años de antelación, los efectos del
calentamiento global, el mal de las vacas locas o la victoria de
España en la Eurocopa de 2008. Todos ellos desastres y catástrofes
que bien pudieran haberse evitado de haberle hecho caso. Pero la
Historia está ahí para poner a cada uno en su sitio; y mientras
Rigoberto espera tranquilamente, supongo que en una hamaca a la
sombra de un buen mojito, a que llegue la hora del juicio final,
otros se dedican a ladrar su rencor por las cuatro esquinas del mundo
maldiciendo su mala suerte.

Bien
es cierto que sus profecías no siempre son evidentes a primera
vista. Ocultas bajo una pátina de hermetismo, esconden profundos
secretos prestos a ser digeridos e interpretados. Este oscuro
lenguaje, tan propio de las revelaciones, ha sido comparado con
antiguos textos gnósticos, pitagóricos, pornográficos e incluso
con el Apocalipsis de San Juan. El Armageddon parece una constante en
toda su obra; así, de entre todas sus profecías, destaca una por su
extraña evocación a un eterno retorno y fin de la Historia: “Cuando
el cielo se haga carne, dos lágrimas azules vendrán a buscar al
Hijo de Dios y sólo habrá silencio”. Ciertos sabios han querido
ver en esas palabras el anuncio de una próxima invasión alienígena
con la que dará inicio, al más puro estilo “trompetas de Jericó”,
el fin de la humanidad . Dios quiera que se equivoquen.

EL
BUEN SAMARITANO

Haciendo
de la caridad y el amor al prójimo una camino a seguir y perseguir
en su vida, Rigoberto se entregó en cuerpo y alma, sin pedir nada a
cambio, a quienes más le necesitaron. Su gran corazón le impedía
ver el sufrimiento ajeno sin hacer nada al respecto. Así, como si se
tratase de un quijotesco maná caído del cielo, se dedicó a
enderezar entuertos y socorrer a todo el que se encontró a su paso,
sin importarle tabúes ni prejuicios. Prueba de ello fue la gran
amistad que siempre le unió a Mario “El Magdalenas”, un chapero
de El Ferrol que gracias a él abandonó las calles para descubrir la
biblia.

Pero
no sólo los trabajadores del sexo buscaron en él refugio y
comprensión; también procedieron de igual modo los leprosos, los
epilépticos, los enfermos de sida, los gordos, los feos,los culés…
todos nosotros. Por eso la santa madre Iglesia (que sin habernos
parido nos acoge en su seno), con su infinita sabiduría, recomienda
rezarle tres padresnuestros, cuatro avemarías, cinco credos y
catorce jesusitos-de-mi-vida para que interceda por nosotros ante el
Altísimo cuando sintamos que la pena aflige a nuestro corazón.

EL
MARTIR

Que
la envidia es un mal endémico de nuestro país ya lo sabíamos. Que
pudiera acabar con un alma tan noble como la de Rigoberto no podíamos
ni sospecharlo. Sucedió en la semana santa de 1993 (contaba entonces
con 33 años), en una de sus giras meteorológicas que le llevó a
Pinillos de Cameros, un pueblecito riojano (peligroso hormiguero de
bárbaros y paganos) enclavado en la sierra e ignorado por el resto
del mundo.

Pese
a que el recibimiento fue inusualmente cálido (a su llegada le
esperaba una legión de palmeros celebrando su bienvenida a lomos de
un llama, pues no había encontrado mejor medio para vencer su
escarpada topografía), diríase que prometedor, poco le duró la
alegría, pues la inquina, la delación y la hipocresía no tardaron
en aparecer. Sin tiempo para asimilarlo, pudo comprobar cómo es éste
un mundo repleto de enanos, fariseos y correveidiles dispuestos a
vender su alma por un mísero plato de lentejas. Los gerifaltes y
señoritos locales, adivinando una posible sombra a su incuestionable
poder, pusieron en su contra a todo el pueblo bajo embustes y
mentiras evidentes. Éste, cegado por la inercia de la masa, exigió
justicia (¿¡qué justicia!?), entregando a Rigoberto a la autoridad
competente para que le juzgase por sedición e invitación a la
revuelta.

El
alcalde, Porfirio Poyatos, haciendo gala de una higiene bastante rara
en su persona, decidió lavarse las manos por una vez en su vida y
dejar que fuese el vulgo quien decidiese. Así, una turba de
enloquecidos exaltados, seguidores de Antena 3 para más inri,
practicaron la caída del imperio romano en su persona. Con una
corona de zarzas y una retahíla de latigazos a modo de toda prenda,
le obligaron a arrastrar una (muy cuca por otra parte) cruz de madera
lacada a la cima del cercano Monte Mataloscuervos (versión cañí de
aquel Gólgota sobre los cielos de Jerusalén). Otra vez la cruz como
metáfora y fin último de la cristiandad…

Grapado
a los maderos por muñecas y tobillos, y con un cartelito en el que
podía leerse “TQM”, fue izado a la espera de una dolorosa y
segura muerte. Aprovechando la ocasión, también fueron ajusticiados
otros dos reos. La imagen era un fiel reflejo de la España más
negra. En el centro, y consumiéndose lentamente, se erigía
Rigoberto. A su derecha, un juez de línea incapaz de juzgar los
fueras de juego más allá de su antireglamentario estrabismo; a su
izquierda, un supuesto ecologista que había llevado su amor por los
animales a un plano mucho más carnal (cosa que, al parecer, no era
del agrado de criadores de gallinas, conejos, cabras y morsas)

El
espectáculo había congregado a todo el pueblo y parte de la
provincia. Tras tres horas de espera, y viendo que la cosa decaía,
un cabo de la policía municipal, intuyendo una oportunidad para la
mofa y el lucimiento personal, le lanzó el palo de una fregona
Vileda a modo de jabalina, hiriéndole en el costado y aumentando así
la hilaridad de los allí presentes. Dicen que de sus costillas brotó
agua, otros sostienen que fue vodka con ginebra. No les dio tiempo a
comprobarlo porque en ese instante el cielo se rompió en dos y
empezó a llover con las proporciones de un nuevo diluvio universal
(quizás aquel “Cuando el cielo se haga carne, dos lágrimas
azules vendrán a buscar al Hijo de Dios y sólo habrá
silencio”…).

Fue
entonces cuando Rigoberto, venciendo a sus agónicos estertores,
pronunció sus últimas palabras: “Padre (en clara alusión a
Dios), aplástales sus gónadas sexuales, que bien saben estos putos
cabrones lo que se hacen.” Y en efecto, ya sólo hubo silencio.

EPÍLOGO
PARA RUMIANTES Y AUSTRALIANOS

Hubo
que esperar al 21 de octubre de 2002, bajo el glorioso papado de Juan
Pablo II, para que fuese canonizado y entronizado por la Iglesia.
Elevado a los cielos en una emotiva ceremonia que unió la
oficialidad del acto con el fervor popular. Tras una misa oficiada
por el Papa, a la que asistieron los obispos de más 150 diócesis,
tuvo lugar un concierto homenaje retransmitido para todo el mundo por
MTV y Canal Cocina. El cartel incluyó lo mejor de cada casa: Bon
Jovi, La Familia Kelly, Banda Sonora de Ghost, Sabrina (que volvió
loco al personal con su “Boys, Boys, Boys…), David Civera, La
Polla Record, Black Sabbath, Celine Dion en un dueto con Pep
Guardiola, Mocedades, Luis Aguilé, U2… El momento álgido tuvo
lugar cuando apareció Elton John acompañado únicamente de un piano
blanco de cola. Iluminado por un foco de luz y con la noche como
paisaje de fondo, interpretó una canción que había compuesto para
la ocasión: Rose of Spain

Que
su legado no se pierda. AMEN

EDUARDO.
INVIERNO 2009-2010

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LA DESTRUCCIÓN O EL AMOR

 

LA
DESTRUCCIÓN O EL AMOR

 

Doblan y repican, por fin, las
campanas y las nieves que me hierven

 en los  codos.

            Triste
baile éste, el de los solsticios, para la espuma y los vencidos:

húmedo
socorro para el tuétano que se astilla en tu voz.

Es hora de escribir…

——————————————————————————————————————–

A lo lejos, hueco y asustado, soy yo
quien sueña que viaja a lomos de una

puerta
de otro color

por
la noche infinita de los desiertos de Sonora y del Gobi y de Atacama y del
Kalahari

al
encuentro de este triste monte Gólgota que no calma ni colma el vaso de mi
desidia

Esta vez soy yo quien sueña con el
horizonte de Nínive y sus profetas

y
la corteza de sus perros,

con
el vicio de la carne y sus tendones

y
sus cartílagos

y
sus temblores sin eco y sin brillo y sin forma y sin sombra

 

Que avance la noche, por favor,

que
no retroceda, no lo permitas,

que
ya vuelve el tormento y el castigo para todos nosotros,

los
jinetes ciegos e insomnes,

los
devotos del Kalashnikov (de sus causas perdidas y de sus balas perdidas),

los
desesperados que nunca olvidaremos que sólo somos los hijos del desasosiego

y
la mitosis

y
los monstruos y la fotosíntesis.

Desbocado, sin otra posibilidad, me entrego
al vacío y los número impares,

a
la noche y a todas mis lecturas inacabadas de “La Destrucción y El Amor”,

Cupido
o la nada

Eros
o Saturno

Con la certeza de que todo lo que de
verdad importa no sirve para nada,

me
sacrifico a cualquier apocalipsis con los galones y los cojones de un
Armageddon.                                                                                                                                                                                                               
                                               

            Oh, destrucción, a ti regreso con
las cenizas de mis cavilaciones 

y
el semen y la semilla de mis noches en blanco

Escúchame, te lo ruego, en ti confío y
por eso reniego de mi puta vida,

 y de la de los demás,

y
de la del resto.

Al fin he comprendido que en Oz no hay
sitio ya para el jazmín,

ni
las coronas de laureles y espinas,

El maná devino en la mentira y el
vinagre y el pan ácimo de los cuerdos

y
de los cuerdos reales

y
de los cuerdos imaginarios

y
de los cuerdos inadaptados

y
de los cuerdos que, desbocados, viajan a lomos de una puerta de otro color

y
de los cuerdos que nunca se atrevieron a leer “La destrucción o el amor”.

            No hay tierra prometida ni por
prometer.

 

Bienaventurados entonces los que
eligen la destrucción,

porque
de ellos será el reino de los mansos y los arrepentidos

Bienaventurados entonces los que eligen
y hallan la furia de mi puño redentor

porque
de ellos será el reino de los mansos y los arrepentidos.

            Bienaventurados entonces los que
eligen viajar al fin de la noche

porque
de ellos será el reino de los mansos y los arrepentidos.

            Bienaventurados entonces los que nunca
negaron la suerte de Lot

porque
de ellos será el reino de los mansos y los arrepentidos.

            Bienaventurados entonces los que
buscan el abismo y lo encuentran y no huyen

porque
de ellos será el reino de la POESÍA…

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LITERHARTURA

 

LITERHARTURA

 

18 de agosto de 1950: “…Todo esto da asco. No palabras. Un gesto. No escribiré más”.

                Última entrada del diario personal de Cesare Pavese antes de que éste se quitase la vida

 

 

 

 

 

Llevo un tiempo obsesionado con la muerte de la literatura. Puedo pasarme horas recogido en mi cama, menguando hasta la sombra de un punto infinitamente minúsculo, insignificante, llorando por su futuro o más bien por su no-futuro. Entonces, invariablemente, siempre termino pensando en un cementerio perdido, también oscuro, también nevado, puede que sea Diciembre o simplemente estemos en Neptuno o en Plutón o malviviendo en un invierno nuclear; un cementerio gigante, eterno, claustrofóbico, custodiado por los cuatro jinetes del apocalipsis, un cementerio que es la espina dorsal de La Historia, en mayúsculas, un cementerio que esconde una tumba abandonada, una falsa tumba, una broma de tumba pues no es sino un montón de tierra que sobresale de la nieve y que una voz a tu espalda, una voz sin sexo, metálica, una voz que en cualquier caso no reconoces, cree recordarlo como el lugar donde enterraron hace años a una vieja dama de blancos cabellos;  y uno, que no es de piedra y no para de llorar, le pone nombre y la identifica con la literatura… o con la agonía de la literatura o con el último estertor de la literatura. Así no es extraño que ayer, mientras leía el Oficio de Vivir, el diario personal del poeta Cesare Pavese, se me apareciera al completo la Hermandad de las Letras Suicidas. Todos ellos en fila, de uno en uno hasta el infinito, en línea recta hacia lo desconocido,  prestos para socorrerme en estos difíciles momentos.

Ahí estaba el propio Cesare. También Ernest Hemingway, que dio un paso al frente y me ofreció la misma escopeta con la que se voló la tapa de los sesos. He aquí la esencia de la literatura, me dijo. Cógela, insistió, ahora es tuya. Pero tuve miedo, un miedo de color gris oscuro, y no quise. Inmune a mi negativa, siguió con el brazo extendido, como si todo fuese cuestión de tiempo. Pero no era tiempo lo que yo necesitaba sino un guiño, un cómplice, una promesa, la posibilidad de unos puntos suspensivos. No, no sería yo quien apretase de nuevo el gatillo. No cruzaría el Rubicón. Lo siento, dije, no puedo.

No sé si fue ira o simplemente decepción lo que le llevó a abrirse un poco más la diana de su frente, como un fórceps sin mesura, e invitarme a asomarme a su enorme cráter, aún humeante de pólvora, a echar un vistazo de ese abismo astillado. Cedí y acepté con la esperanza de encontrar noticias del joven Werter o del joven Larra o de alguna otra ilustre bala del santoral de las letras caídas. Pero todo lo que había ahí dentro, encerrada en el cráneo destrozado de Hemingway, era una cucaracha. Una cucaracha que dijo llamarse Kafka. Soy Kafka y busco un castillo, me dijo. Un castillo que, mucho me temo, sólo existe en la imaginación de los genios, y de los inadaptados, y de los genios inadaptados que caminan peligrosamente por el abismo de la locura. Un castillo para un reino, el reino de quienes han comprendido demasiado tarde que toda la verdad de este mundo empieza en la llama de un soplete y termina en el maletero de un falcon negro.

 

Me invadió una mezcla de asco y escrúpulos cuando su figura, por sorpresa, comenzó a humanizarse. La quitina de su caparazón se deshizo de su brillo plastificado a la par que una maraña de venas y arterias iban enrollándose en torno a sus recién adquiridos huesos y músculos. Su rostro recuperó el pudor humano y dibujó una mueca de alegría comedida, apenas una leve y obligada sonrisa, como si en el fondo ya hubiese aceptado su nueva naturaleza. La versión bípeda y vertebrada del señor K (también de Gregor Samsa) se completó con el milagro del vestuario: ahí estaba el traje, la corbata, los zapatos, el bombín, incluso un paraguas a modo de bastón.

Consumada la metamorfosis,  Kafka se puso kafkiano y me abrazó fuerte, bien fuerte, y acercó mi oído a su pecho. ¿Puedes oírlo?, me preguntó, es el bacilo de Koch, el látigo y el azote del tísico, millones de microbios encharcando mis pulmones y jugando a partir maderos con la sangre que se me escapa con el aire. La tuberculosis, por fin, ha hecho de mí un superhombre y ha ungido mi nombre con letras doradas: atrás quedó ese endeble escritor anónimo, ese gris oficinista de Praga.

                 A través de sus costillas podía sentir cómo el vacío le iba robando la respiración y los días. ¿Conoces la historia de Esquilo?, me interrogó sin soltarme aún. Triste y absurda su muerte… como todas. Imagínate la escena. Por una parte tenemos a Esquilo, que pasea tranquilamente por la campiña siciliana; por otra un quebrantahuesos que sobrevuela su misma trayectoria con algo prendido en las garras. Lograda la cuadratura del circulo (o del calco), dispone el azar que cielo y tierra se alineen para que el aprendiz de bombardero suelte por fin su carga… ¡y aquí viene la grandeza de Esquilo! Un caparazón de tortuga, ¡un puto caparazón de tortuga con los modos y maneras de un meteoro, de un obús!, le cruje los huesos de la cabeza como a una nuez. Un instante después todo ha acabado para él. Visto y no visto. ¡Magnífico!!!!

 

Sólo de pensarlo se me pone dura ¿Acaso no éste el mejor final al que puede aspirar alguien? No digamos ya la literatura. Acabar como Esquilo y que el cielo se nos caiga encima. O como Tolstoi, y esperar y desesperar por un tren que jamás cogerás. O como Jack London, y viajar a lomos de la morfina. O como Pessoa, y que la pena se te enquiste en el alma.  O como Walter Benjamin, e intentar cruzar la frontera perseguido por todos los hijos de puta de este mundo. O como Saint Exupery, y emular la suerte de Ícaro. O como Lord Byron, y desangrarse a mayor gloria de la medicina. O como Borges, y que se te pudran los ojos esperando un Nobel que jamás llegará. O como Tsvetaeva, y anudarse una esquela al cuello. O como Camus, y estrellarse contra el estrellato del existencialismo. O como Nietzsche, y que la sífilis te fermente las meninges. O como Baudelaire, y convertirse en el fósil de una piedra. O como Reinaldo Arenas, y que el sida te atormente en los versos que aún te escuecen. O como Roberto Bolaño,  y que tu hígado se preste a los mismos juegos que Sísifo. O como Séneca, y vaciarte de rojo en la bañera. O como Alfonsina Storni, y vestirse con la espuma del mar. O como Cervantes (o Dante), y que la malaria te muestre el camino más corto al Parnaso. O como Valle-Inclán, y que el dolor te queme por dentro. O como Lorca, y que te paseen por las cunetas perdidas de Granada. O como Céline, y que todavía te lloren en el Reich de Vichy. O como Mishima, y abrirte en canal por el honor  del sol naciente. O como Shakespeare, y empacharte con la fama de Pantagruel. O como Verlaine, y refugiarse bajo el colchón de la miseria. O como Faulkner, y cabalgar sobre todo el Bourbon del Mississippi. O como Joyce, y encadenarse a una peritonitis. O como Safo, y volar alto como el plomo. O como Moliere, y bajar por última vez el telón de tu enfermo imaginario. O como Unamuno, e irte cuando más te duele España. O como Walser, y ensuciar de carne la nieve. O como Zweig, y liberarse con el sueño del Veronal. O como Lacenaire, y que la guillotina se cobre tus excesos. O como Empédocles, y apagarte en el Etna. O como Rilke, y descubrir que no hay rosa sin espinas ni sangre que no se pueda borrar. O como Stevenson, y mirar al sur, siempre al sur. O como Defoe, y perderse en el silencio de las deudas. O como Sylvia Plath, y respirar el aire que nadie ve. O como YO, y volver divinizado en la figura de un antiguo Pantocrátor: la mano derecha levantada y bendiciendo a la humanidad, la izquierda sosteniendo los evangelios, al fondo el  juicio final que os espera. Pater, dimitte illis, non enim sciunt quid faciunt (Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen).

¿Has comprendido algo?, me preguntó. No pude evitar responder que no. Un no que sonó lejano, falso, lleno de dudas y vértigo. Me miró con la decepción clavada en los ojo y me besó en la frente, un beso tierno, un beso paternal, al tiempo que me liberó de sus brazos de pitón. Te perdono, me dijo, es hora de partir. Un instante después ya no estaba.

En su lugar una fotografía de la gran muralla china y  Virginia Woolf, o el fantasma de Virginia Woolf, ajena a lo que sucedía a su alrededor y con medio pie sumergido en las aguas del río Ouse. Parecía ida, fuera de este planeta o de cualquier otro, la baba resbalándole por el mentón, protegida del mundo exterior por un capullo de fina melancolía o un manto de blanca tristeza. Cuando se percató de mi presencia me sonrió y por tres veces me confesó que el agua estaba en su punto. Se metió una mano en el bolsillo y extrajo de él un libro de Alejandra Pizarnik y una piedra, ofreciéndome ésta última con el rostro, ahora sí, deshecho. Es tuya, me dijo. No supe reaccionar, y en vista de mi aparente parálisis prosiguió su camino.

 Con la palabra escondida en la lengua, sólo pude ver cómo su silueta se ahogaba en el lecho del Ouse. Demasiado tarde y mudo, como siempre, me lancé a por ella. Estuve horas o puede que días buceando sin encontrarla. Desesperado, tan sólo di con una hoja arrugada, los restos del naufragio, en la que se desdibujaba la tinta de este poema de Pizarnik:

 

Esta manía de saberme ángel,

sin edad,

sin muerte en qué vivirme,

sin piedad por mi nombre

ni por mis huesos que lloran vagando.

 

¿Y quién no tiene un amor?

¿Y quién no goza entre amapolas?

¿Y quién no posee un fuego, una muerte,

un miedo, algo horrible,

aunque fuere con plumas,

aunque fuere con sonrisas?

 

Siniestro delirio amar a una sombra.

La sombra no muere.

Y mi amor

sólo abraza a lo que fluye

como lava del infierno:

una logia callada,

fantasmas en dulce erección,

sacerdotes de espuma,

y sobre todo ángeles,

ángeles bellos como cuchillos

que se elevan en la noche

y devastan la esperanza.

 

Cayó una lagrima… y luego otra. Lloré por Alejandra y lloré por Virginia. Lloré por Kafka y lloré por Hemingway. Lloré por mí pero nadie me acompañó. Ni siquiera Cortázar, entretenido como estaba con sus cronopios y sus famas y su Maga (siempre La Maga…), quiso venir a vendar mis lágrimas. De rodillas le rogué, arrastrándome le supliqué que me salvara. No soy digno de que entres en mi casa pero una palabra tuya bastara para sanarme. Sólo te pido clemencia para éste mi pobre cadáver de Lázaro, acuérdate del  polvo que un día fui y del polvo en el que un día  habré de convertirme.

Inquieto, quizás arrepentido, se giró hacia mí como movido por una cuerda invisible. Mírame, me suplicó, no me queda mucho tiempo,  ¡me iré y sólo habrá SILENCIO!

 Aquella utopía llamada Julio Cortázar, de pie y con la mano abierta, me daba a entender que el espíritu de la Literatura, el tuétano de las letras, la vera cruz, descansaba sobre su palma desnuda.

 La voluntad se le había vuelto de mármol y no se movía. Sólo me miraba con esos ojos de loco, unos ojos de taladro o de hiena hambrienta, y fumaba y reía. Reía porque es lo único que se puede hacer cuando uno sabe que el futuro de la literatura está en sus manos.  La magia se rompió cuando su puño, aún con los nudillos cuarteados por el frío y los gusanos, se cerró aplastando e hiriéndola de muerte. Éste es mi destino, me dijo. Yo soy el brazo ejecutor, el verdugo pero también la víctima, el cénit y el nadir, el bien y el mal, el cordero redentor que se lava las manos; así pues seré yo quien cargue con la culpa y la corona de espinas. Lo reconozco: el beso de Judas es el viscoso y oscuro objeto de mi deseo.  Éste es mi sino y no me importa, lo asumo con orgullo. Sólo soy un engranaje más de la Providencia, la envidia de Atlas y Prometeo. Los dioses me exigen el sacrificio de cien bueyes (literalmente una hecatombe) para expiar mis pecados… y no se lo negaré. Cien hombres justos arderán esta noche en Sodoma porque míos son los yugos que aplastarán al poeta herido y al poeta vulnerable y al poeta enamorado y al poeta que quizás no existió y al poeta que un día creíste ser y que nunca fue. Un réquiem por Calíope: en su pira estamos llamados a llorar sus cenizas. Recuerda este grandioso día. El día en que Odoacro, a las puertas de una Roma moribunda, humilló por última vez al Imperio. No acudirá más Jano en su ayuda. Oh, niño Rómulo Augústulo, con tu sangre perece el recuerdo del César. Duerme, este tiempo pertenece ya a los Bárbaros. Cierra los ojos y no despiertes jamás. Las tinieblas ya están aquí. No me queda tiempo. “Todo esto da asco. No palabras. Un gesto. No escribiré más”.

SILENCIO…

                                                                              EDUARDO

                                                                                              En un extraño vERANO, 2009

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DE PENES, POLLAS, ORNITORRINCOS, CEBRAS, OKAPIS Y MONTES DE VENUS

DE PENES, POLLAS, ORNITORRINCOS, CEBRAS, OKAPIS Y MONTES DE VENUS

 

Otra vez baila el alacrán, otra vez con la más fea,  en la mantequilla de mis huesos

El negativo de un braille que habla de tenazas y aguijones y venenos y espasmos de cristal,

Círculos concéntricos que apuntan y vuelan y aciertan siempre al blanco de mis sesos,

Que no son sino tres tristes trapecistas que se muerden  la mano y el esternón y se columpian

Y  gritan

Auxilio

Socorro

Ayuda

Por favor

Eseoese

                No terminan ya y de nuevo  mi voz, hueca ahora, rebusca entre los gusanos

y el hedor y los mohos de sus vísceras

El norte, quizá

O un pasado que no coagula

O la altura de una pirámide invertida

Pero  sólo encuentra mi eco que se pudre al rebufo de un silencio enquistado allí…

Donde nada suena, donde nadie canta, donde habita el olvido (Cernuda dixit).

Por eso háblame de ella, tú, Quijada Bíblica, tormenta y tormento de Caín

Que al regazo de tu sombra yo acudo,

Porque  polvo era y en polvo a ti me entrego

Guíame por este camino imposible de baldosas amarillas

Bendice el poco calor de mis brasas, pues bajo sus pasos habrán de descansar y dormir

Y cavilar

Y dolerse

Y maldecir su suerte

Háblame de ella, así, como tú sabes, tan cerca del oído que pueda temblar

Dime dónde quedó aquella puerta de otro color

Cerrojo blindado para el resto de nosotros, los mortales

Que un día no quisimos despertar y no despertamos

Hombres que quisimos gritar auxilio

Auxilio

AUXILIO

AUXILIO

AUXILIO, JODER, AUXILIO

Sólo eso, auxilio, y nada más

Hombres desnudos e indefensos ante la idea de volarnos la tapa de los sesos

De saltar desde lo alto de una pirámide invertida y caer y ya nunca abrir los ojos

De bailar allí donde nada suena, donde nadie canta, donde habita el olvido

                Háblame de ella mientras pueda oírte y siga en pie

Háblame que yo te escucho y me abrazo a tu condena porque sé que contigo habré de partir

Cuéntame por qué ya nunca lee a Cortázar ni sueña con París

Por qué eligió la Ciudad Esmeralda y los unicornios de papel

Por qué sólo me espera el azul, como a Jonás, cuando de nuevo se le rompa el vientre

                Háblame de ella ahora que todo me duele y los puños se me cierran

Dime por qué conoce el secreto del mal y nunca llora

Por qué, de tan minúsculo, ya no me busca cuando baja al suelo

Dónde quedarán las pausas y los puntos suspensivos cuando desaparezca y nada haya

                Háblame de ella, que ya canta el gallo y por tres veces mi nombre he negado

Dime por qué sólo escribe cuando baja la marea y bosteza el coral y hierve la arena

Por qué huyó de Ítaca, y de Troya, y de todos los barros que pudimos haber compartido

Cuándo dejó de engañarse y sacarme la lengua y caminar sobre el agua y cruzar los dedos

Y olerme a quemarropa

Y resucitarme cada noche la carne, Lázaro sucio y viscoso, con los estigmas del insomne

                Háblame de ella aunque mañana ya no quede pan ni circo ni laureles ni bárbaros

Nada

Vacío

Miseria

Hambre

Que arda Roma y muera conmigo el imperio

Que poco importa si tú, que a la eternidad renunciaste, me hablas de ella

Tan sólo dime, por favor,  por qué, si no estoy loco, no hay día que muera la luz sin saber que

ME

CAGO

EN

MI

PUTA

VIDA

 

 

 

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EL CASO DE LAS APARICIONES DE CEBÚES: SAN BERNARDINO DEL ALHAMA ENTRE LOS AÑOS 1932 Y 2002

 

EL CASO DE LAS APARICIONES DE CEBÚES: SAN BERNARDINO DEL ALHAMA ENTRE LOS AÑOS 1932 Y 2002

 

 

 

 

 

 

 

 

INTRODUCCIÓN

 

A lo largo del siglo XX, San Bernardino del Alhama, un pueblecito riojano de apenas 700 habitantes, fue testigo de uno de los mayores prodigios de la naturaleza. Me estoy refiriendo a las ya famosas apariciones de cebúes. Sin motivo aparente, cientos, qué digo cientos, miles de ellos dieron forma a uno de esos inquietantes misterios que a día de hoy nadie ha sido capaz de resolver. Hay quien lo compara con el triángulo de Las Bermudas, los avistamientos de ovnis de Roswell o las revelaciones marianas de Fátima… Da igual, todo viene a ser lo mismo: el gusto del ser humano por lo desconocido. Quizás los cebúes sólo sean una metáfora de nuestra incapacidad para comprender el mundo que nos ha tocado vivir; un mundo extraño, carente de sentido y siempre predispuesto al esperpento; un mundo en el que la lógica (y ése es el meollo de la cuestión) sólo es una posibilidad poco fiable, una rara avis de la estadística, un perro verde con ínfulas de excepción que confirme la regla.

 

Este ensayo pretende ser mi pequeña y humilde aportación al insólito universo de San Bernardino. Pido perdón de antemano por los numerosos errores que seguro que habré cometido. Gracias

 

EL GÉNESIS, LOS ORÍGENES, EL MITO

 

El primero de los cebúes apareció (o brotó, tal y como cuentan las crónicas del momento) en San Bernardino del Alhama el día del Corpus Cristi de 1932. Hasta ese momento, la vega del Alhama (río del que toma su apellido San Bernardino) tan sólo había rendido pleitesía a la suculenta dictadura de las piaras locales. La economía local, como si de una gran charcutería se tratase, dependía en gran medida del cerdo y sus transformados (célebres ente los eruditos de buen apetito y mejor yantar). Hay quien incluso afirma (leyendas apócrifas aparte) que no había convite oficial en el que Don Manuel Azaña, a la sazón presidente de la segunda república, no agasajara a sus invitados con su correspondiente platito de embutidos y fiambres de la tierra. Pero no nos perdamos en rumores sin confirmar, vayamos a los hechos probados. Y los hechos hablan por sí solos, de hecho hablan por los codos: un cebú no era algo que se viera todos los días, y menos en esas latitudes. Y si tenemos en cuenta los escasos conocimientos de zoología que podían tenerse en San Bernardino, no cuesta imaginarse el tremendo impacto que causó su descubrimiento. Así no es extraño que cuando fue conducido a la plaza mayor para estudio y solaz de sus curiosos vecinos, éstos se dividieran en dos bandos: los que afirmaban que se trataba de una vaca poseída por el espíritu del maligno y los que, por el contrario, temían ser presas de una invasión alienígena. Incluso el señor párroco, hombre poco dado a las especulaciones, insinuó la posibilidad de que se tratase de la montura perdida de alguno de los jinetes del Apocalipsis. El alcalde, con mucho mejor criterio, hizo llamar al día siguiente a Don Honorio Sáenz de Tejada, doctor en Teología por la universidad de Salamanca, quien se encontraba por aquellas fechas en un pueblecito próximo y del que se afirmaba que no había nada en este mundo que no supiese. Su diagnóstico fue claro: aquello era imposible. Así de tajante se mostró. Eso sí, su escepticismo no impidió que reconociera en el extraño animal la figura de un cebú. Debe ser una confusión, le dijo al alcalde, probablemente se haya escapado de un circo o de los cuidados de algún extravagante marqués, no hay nada de qué preocuparse. Más tranquilos con las palabras de Don Honorio, el pueblo, satisfecho con sus explicaciones, volvió a sus quehaceres diarios.

A la semana siguiente se volvió a repetir el suceso, pero esta vez no fue uno sino siete los cebúes que se descubrieron, uno por cada día. La gente no daba crédito a lo que estaba viviendo. ¿Por qué les había engañado Don Honorio? ¿Acaso se trataba de una gran conspiración de la que él también formaba parte? Sin tiempo para responder esas y otras preguntas, una turba de enloquecidos armados con pedruscos del tamaño de pequeños meteoritos se dirigió a su caza y captura. Exigían justicia, y el verse libres de todo pecado no hacía sino animarles a lanzar la primera piedra… la primera y las que hicieran falta. Lo encontraron escondido en su casa, que tras su paso quedó reducida a la consistencia de un paisaje lunar. Lo encadenaron y se lo llevaron a declarar ante el recién creado “tribunal popular” (que durante el verano del 36, por diferentes razones, tuvo que volver a sentar jurisprudencia). En una especie de chiste de mal gusto, el juicio se celebró en el lazareto del matadero municipal. Además, el presidente del tribunal tuvo a bien considerar que no sería necesaria la presencia de un abogado. Tres horas después el jurado ya tenía decidido el veredicto. Pero justo cuando aquella especie de simulacro de juez (rol que había asumido sin problemas el capellán) iba a leer la sentencia sucedió lo imposible: un tsunami de cebúes en plena estampida arrasó con el improvisado juzgado. Ninguno de los presentes lo vio venir; lo que confirma que la justicia, a veces, también es ciega. Acusado y acusadores corrieron igual suerte. El parte medicó fue propio de una cruzada: 65 muertos, 15 heridos por asta de cebú y cientos de personas con contusiones leves.

 

A partir de ahí ya entramos en los pantanosos territorios del mito, donde la frontera entre lo real y lo soñado, lo tangible y lo imaginado, no siempre está clara; quedándonos tan sólo el consuelo de quien hace de tripas corazón y se arroja al vacío con un paracaídas en llamas. Creer es vivir, que diría aquél.

 

CIENCIA Y OLÉ

 

En mayo de 1948, una expedición fletada por la Universidad de Oxford y capitaneada por John Benedict Moore II (hijo de John Benedict Moore I y padre de John Benedict Moore III) aterrizó en San Bernardino provista de infinidad de cachivaches y chatarras que, según explicaron, se trataba del instrumental científico más sofisticado de la época. La idea era demostrar la teoría que John Benedict Moore II había expuesto tres años antes: desde tiempos inmemoriales existen una serie de túneles o pasadizos que comunican diferentes partes de La Tierra, como una inmensa red de autopistas que pagaran peaje a un descomunal queso de gruyere. Dichos túneles son secretos, por supuesto, sólo conocidos por los iniciados de algún tipo de logia mística (aún sin identificar). La aparición de cebúes en San Bernardino podría deberse a que años atrás, quizá siglos (quién sabe), un rebaño habría dado con una de las entradas en algún lugar de Asia y, en una especie de eterno peregrinaje subterráneo, se hubiesen topado con la península Ibérica. La expedición contaba con expertos en técnicas de sónar, curtidos espeleólogos (por si hacían falta), geólogos, geógrafos, ingenieros de minas, naturalistas (no hay expedición científica que no se preste a incluir alguno), fotógrafos e incluso un avezado mecánico de submarinos (¿?).

            A la semana de su llegada, San Bernardino ya había sido tomado por una legión de hoyos, pozos, sondeos y galerías a explorar. Pero por más que horadaban no conseguían dar con la llamada veta madre, aquella que les pudiera llevar, siempre a decenas de metros bajo tierra, hasta las mismísimas antípodas. El caso es que a fuerza de excavar y excavar habían convertido los cimientos del pueblo en un complicado laberinto de catacumbas. El símil entre el Minotauro y el Cebú se hizo inevitable. Pero John Benedict Moore II no era precisamente Teseo, y quizás fue eso fue lo que le llevó a la tumba.

Sucedió en Octubre, tras cinco meses de búsqueda infructuosa. La desesperación ante la falta de resultados hizo que una mañana se internara solo en aquel galimatías de túneles, incumpliendo la norma de oro de todo espeleólogo: no descender nunca en solitario. Le empujaba la firme intención de no regresar hasta haber encontrado algo. Lo que fuera. Costase lo que costase. Ya se sabe, si la montaña no va a Mahoma, Mahoma va a la montaña… Pero no hubo suerte, así que tuvo que ser el destino quien le encontrase a él. El caso es que tras cinco horas se topó con un cebú. Aquello no debía entrar en sus planes pues no iba preparado para un contratiempo así. Sólo cabía correr, pero aquel infinito garabato de pasillos no invitaba precisamente a un final feliz. Así fue: Jhon Benedict Moore II fue corneado en el ojo izquierdo. La palabra alarido y la palabra desesperación pueden servir para describir aquel vendaval sonoro que pudo oírse por todo San Bernardino. Un capricho de la acústica quiso que las fosas sépticas del pueblo sirviesen de caja de resonancia para sus gritos. Rápidamente se organizó una partida de salvamento que habría de resultar inútil. Desgraciadamente su fin ya estaba escrito con lágrimas de sangre (pido perdón por lo melodramático de la metáfora, pero siempre me ocurre cuando tengo que hablar de la muerte). Era inevitable.

Lo encontraron aún con vida. Moribundo y confuso. Herido de muerte, desangrándose a borbotones, una pátina de óxido cubriéndole el rostro, la huella del asta prendida en el alma. Fue conducido, sin saber muy bien por qué, al pilón municipal, donde acabó de morir. Su muerte, épica y de leyenda, fue propia de un torero; de ahí el sobrenombre con el que ha pasado a la historia, Finito de Oxford.

 

A la marcha de la expedición, las galerías excavadas sirvieron como armazón y modelo para la actual red de alcantarillado público con la que cuenta San Bernardino. Un prodigio de la ingeniería hidráulica que pronto fue adoptado por las grandes capitales europeas y americanas: Buenos Aires, Bogotá, Atenas, Viena, Milán…

 

PRÁCTICAMENTE MAGIA

 

Atraídos por el hedor a magia y fantasía que desprenden las apariciones de los cebúes, son numerosos los chamanes y gurús de lo oculto que han aportado a esta historia su pequeño granito de arena en forma de ritos, invocaciones y supuestos exorcismos para mayor gloria de feroces dioses de nombres no siempre fáciles de pronunciar. Famoso fue el caso de un brujo venido desde las selvas del Amazonas, quien afirmaba que sólo el sacrificio de la sangre humana podía acabar con tan extraño suceso. Bueno, el sacrificio humano y 10.000 francos suizos… Convencido de sus palabras, el pleno del ayuntamiento, en sesión extraordinaria, acordó ofrecer el corazón de tres vírgenes el día de Nochebuena de 1954. Las elegidas, todas ellas hijas de las familias más pudientes del pueblo (pues se consideraba todo un honor morir por tan noble causa), disfrutaron de sus últimos días como auténticas faraonas, bañando sus más que cercanos estertores en auténtica leche de burra. La más caprichosa de las tres consiguió que le construyeran una pequeña pirámide con mármol traído expresamente de Carrara. Llegado el día, un punzón de oro se cobró su tributo… y de paso sus tiernas existencias.

Pero la misma noche del sacrificio, en plena misa del gallo, una pareja de cebúes irrumpió estrepitosamente en la ermita de Nuestra Señora del Buen Socorro. El escándalo fue mayúsculo. Acusaron a sus madres de haber parido meretrices en vez de hijas. Si el sacrificio había sido inútil sólo podía deberse a que las jóvenes ocultaban entre sus piernas una mácula mayor que su falta de vergüenza. Tres días después se descubrió el pastel: el supuesto brujo no era sino un antiguo deshollinador de Oporto (ciudad de la que dicen que acabó siendo alcalde). El estafador fue detenido por la guardia civil en la frontera entre Salamanca y Portugal, y aunque pudieron recuperarse los 10.000 francos fue imposible restituir el honor y la honra de las familias afectadas.

 

¡QUÉ  VIENEN LOS RUSOS!

 

En 1965, en plena guerra fría, alguien lanza una hipótesis en principio nada descabellada: las apariciones de cebúes se deberían a una maquinación comunista judeomasónica. Con una periodicidad aún por determinar, submarinos venidos desde Sebastopol, en el mar Negro, remontarían el Alhama transportando los cebúes hasta San Bernardino. Su fin sería el de desestabilizar el suelo patrio, garante espiritual de occidente y cabeza visible de un nuevo amanecer. Los rusos, como bien sabían, son seres abyectos y ruines educados en el engaño, la mentira y la negación de Cristo. Todo encajaba. Quién, si no ellos, sería capaz de tramar algo semejante.

Los rumores pronto toman las calles. Las ideas más peregrinas cobran forma en las tertulias de los bares. Se habla de la momia de Lenin, la de verdad, ya que la expuesta en Moscú sería falsa, hecha al parecer con remiendos de carne de cerdo; se habla de un sótano en San Bernardino en el que se conservaría la auténtica momia de Lenin, el corazón de la revolución rusa, el rostro imperturbable por los siglos de los siglos. Se habla de quintacolumnistas que estuviesen torpedeando el recuerdo de los caídos por Dios y por la patria, el recuerdo de José Antonio (¡presente!). Se habla de un gulag (ya clausurado) al que Stalin hubiese estado mandando las sobras de los stocks de Siberia. Se habla de  hoces y martillos, de colectivizaciones, de politburoes secretos, del ejército rojo, del KGB, del Sputnik, de Yuri Gagarin… Se habla de todo, de mil y una cosas, de todo menos de los cebúes, que con tantas especulaciones ya habían sido desplazados por el odio al enemigo común.

            Un día, alguien creyó ver un periscopio asomando en las aguas del Alhama. Inmediatamente saltaron todas las alarmas. Las recién formadas milicias de autodefensa nacional (la mayoría de ellos antiguos requetés y falangistas) se acercaron a investigar armados con antorchas, azadones y horcas. Al no encontrar nada mandaron drenar aquella parte del cauce. La verdad es que resulta un tanto cómico pensar que en un río con apenas 40 cm de calado pueda fondear un submarino soviético, pero ya se sabe que el sueño de la razón produce monstruos. Resultó ser la bajante rota de una fachada. Al parecer alguien la había arrojado haciendo caso omiso de las ordenanzas municipales. Aún así no todo el mundo quedó satisfecho con la explicación. La idea de los submarinos rusos se había enquistado en el imaginario colectivo.

Así pues, a la delegación del gobierno no le quedó más remedio que tomar cartas en el asunto. La cosa se estaba desmadrando y amenazaba con generar tumultos y desórdenes de muy difícil solución. Reunidos de una parte las fuerzas vivas de San Bernardino (alcalde, párroco, maestro y boticario) y por otra la comandancia general de la sexta región militar (que englobaba las capitanías generales de Burgos, Logroño, Navarra y Vascongadas), se decidió mandar trece carros de combate para asegurar el perímetro del pueblo. Ni la más fantasiosa de las invasiones podría atravesar la criba del calibre de sus cañones. Ya no habría de qué temer. Para mayor seguridad también se minó el río.

Pero erre que erre, había quien seguía viendo submarinos en el Alhama. Debía ser algo crónico, como el reuma o las migrañas, puesto que dudo que la flota soviética dispusiera ni de la mitad de los que se afirmaba que habían presentado hostilidades en San Bernardino. De haber sido así, el telón de acero no hubiese quedado muy lejos del Missisipi. Ya sólo quedaba acudir a las más altas instancias.

El guante fue recogido por Manuel Fraga Iribarne, por entonces ministro de turismo, que, valiéndose del mismo golpe de efecto que habría de repetir en el asunto de las bombas atómicas de Palomares, decidió personarse en San Bernardino acompañado del embajador de Estados Unidos. La idea era demostrar la inocuidad de las aguas del Alhama, que a pesar de todo el revuelo seguían fluyendo ajenas al riesgo de una tercera guerra mundial. Enfundados en sendos bañadores y luciendo una figura muy del canon de Las Tres Gracias, se dieron un chapuzón ante la plana mayor del periodismo nacional. El NO-DO recogió el momento. Su seguridad personal no se vio comprometida en ningún momento: ningún ingenio acuático hizo amago de atentar contra sus personas. Aquel gesto alejó definitivamente los fantasmas de los submarinos rusos.

Cerrada la crisis, se organizó en su honor una capea de cebúes en la que participó el mismísimo Manuel Benítez “El Cordobés”, que ya por entonces se contaba entre las grandes figuras mediáticas del toreo. Las crónicas sociales del momento trataron largo y tendido la noticia, resaltando con pícara malicia un posible affaire del diestro con Concha Velasco. Pero eso ya es otra historia…

 

Los cebúes, como era de esperar, siguieron a lo suyo, apareciéndose sin importarles lo más mínimo lo que ocurría a su alrededor.

 

LA CONEXIÓN HISPANO-HINDÚ

 

En 1974, coincidiendo con un repunte en las apariciones de cebúes, se decidió invitar a San Bernardino a una delegación de sabios de la universidad de Calcuta. La lógica sugería que quién mejor que ellos, que compartían geografía y hábitat en su patria natural, para intentar (pues nunca estuvo claro que lo fueran a lograr) desentrañar su misterio.

No sirvió de nada. Tras quince días de sesudas reflexiones llegaron a la conclusión de que no entendían nada. El mayor de todos ellos, un hombre enjuto de unos noventa años y que daba la impresión de que iba a ceder de un momento a otro al peso de su turbante, confesó que al tercer día de meditación estuvo a un tris de alcanzar el nirvana, pero de los cebúes no sacó nada en claro. Peor les fue a parte de sus compañeros que, acostumbrados a los rigores de Calcuta, sucumbieron a las tentaciones que allí se les brindaban: vino, fiambres, mujeres, juego, bailes agarrados… Nueve meses después de su partida, el padrón municipal., tan necesitado de sangre fresca, levantó una estatua en su honor.

Pero aún hubo más. A iniciativa del patronato cultural se acordó la celebración bianual de un simposio sobre la vida y obra de Rabindranath Tagore, célebre escritor Nobel que, junto a la Madre Teresa, dio mayor gloria a la ciudad natal de sus invitados. A día de hoy  aún se sigue celebrando, y no hay edición que no pueda calificarse con la palabra éxito.

 

CARNE DE CAÑÓN

 

Parecía algo obvio, pero hubo que esperar hasta mediados de los 80 para que alguien se diese cuenta de los pingües beneficios que podían obtenerse de todo aquello. Y menos mal: más vale tarde que nunca.

Pongámonos en situación: la industria local languidecía sin solución y el paro ya afilaba los colmillos en vista de sus más que seguras víctimas. La crisis amenazaba con sepultar el futuro de todo un pueblo. Pero ya se sabe que en tiempos difíciles se agudiza el ingenio. Así, en 1985, apareció el primer salchichón de cebú al oeste del río Ganges. La aceptación fue inmediata. Los consumidores no tardaron en subirse al carro de la nueva moda. Su carne, tierna a la par que baja en calorías, se convirtió en la nueva sensación de las despensas más chics del momento. Pronto la producción se diversificó: chorizo, salami, mortadela, chóped, cecina, longaniza… No había guateque ni fiesta que se preciara de serlo en la que no se sirviera cebú y Dom Perignon.

En pocos meses su fama ya había cruzado el Atlántico. Kim Basinguer, preguntada por la espectacular figura que lucía en Nueve Semanas y Media, aseguró que todo se lo debía a la carne de cebú. A partir de ahí Holywood se rindió a sus pies. Al Pacino, Robert de Niro… todo aquel que se consideraba algo en el mundillo del espectáculo se negaba a hacer la digestión si no había cebú de por medio. Incluso Vanity Fair le dedicó la portada en su edición de Junio del 88. En ella, Meryl Streep, cual intrépida vaquera, salía posando a lomos de uno… todo muy bucólico y pastoril, muy del gusto americano.

En 1996 se creó la denominación de origen calificada “Cebú de San Bernardino”. Se trataba de dar el empuje definitivo a la calidad, puesto que la cantidad hacía años que ya campaba a sus anchas. Pero ya era demasiado tarde. De aquellos lodos vendrían estos barros. Aquel descontrol trajo consigo algo hasta entonces desconocido: la enfermedad de Creutzfeldt-Jakob. También conocida como enfermedad de los cebúes locos. El idilio con el consumidor llegaba a su fin. Tres muertes por consumo de carne no son precisamente un buen reclamo publicitario. La vía expeditiva, o metafóricamente la patada en el culo, fue la elegida por el mercado para mandar al garete el tinglado que se habían montado los de la denominación. Las ventas se precipitaron por un pozo sin fondo. Ni siquiera un milagro como el de Lázaro podría resucitar a su pésima balanza de resultados. Quienes tanto les habían ayudado ahora les daban la espalda. Kim Basinguer, vuelta a preguntar por la espectacular figura que lucía en Nueve Semanas y Media, aseguró que todo se lo había debido a la carne de jirafa, pero que de los cebúes no había oído hablar en su vida. El mundo está lleno de desagradecidos.

En 2000, la Unión Europea prohibió las importaciones y exportaciones de carne de cebú dentro sus fronteras. Ésa fue su definitiva sentencia de muerte. Ya no volvió a levantar cabeza.

 

UN ENCIERRO DE PELÍCULA

 

A principio de los 90, Steven Spielberg recaló en San Bernardino con un guión a medio terminar que apuntaba a taquillazo. En la película, un grupo de científicos a sueldo de un extravagante multimillonario se dedicaría a clonar cebúes. Pero no cualquier tipo de cebúes, no, se trataría de los primeros cebúes que poblaron La Tierra, cebúes antiquísimos. El ADN necesario lo extraerían de ciertos mosquitos prehistóricos conservados en ámbar, el fósil de la resina de los árboles. Una vez clonados se utilizarían como reclamo y atracción de un gran parque temático. Un parque que revolucionaría el concepto de ocio y diversión. Pero juegan a ser dioses y fracasan en el intento. El tiro les sale por la culata. Nada se parece a lo que habían planeado. Los cebúes se descontrolan y no tienen más remedio que abandonar el parque a su suerte. La película se llamaría Parque Cebú. En mente estarían dos posible secuelas: Parque Cebú II y Parque cebú III.

La idea era rodar los exteriores en San Bernardino aprovechando el tirón de su atrezzo natural. Así abaratarían costes. El ayuntamiento había puesto todo a su favor. Contaban con un corral con más de 500 cebúes a su disposición. Los propios vecinos harían de extras por una suma poco más que simbólica. El rodaje debía comenzar el 7 de Julio de 1992…

Aquella mañana, los mozos del pueblo, en lo que en un principio se consideró una chiquillada de mal gusto, soltaron, al grito de Viva San Fermín, media docena de cebúes por las calles de San Bernardino. La carrera, a decir verdad, fue limpia: no se registraron heridos por asta de cebú. Sólo hubo que lamentar la pérdida del equipo de filmación (valorado en más de un millón de dólares) y cuatro claquetas. Aquello hizo que Spielberg montara en cólera y jurara no volver a pisar jamás esa tierra de bárbaros. También que la CNN y Sky News se hicieran eco de la noticia y ésta diese la vuelta al mundo.

La productora, dadas las circunstancias, decidió suspender el rodaje de la película: San Bernardino no era un lugar seguro para su dinero. Pero no hay mal que bien no venga. Con ello se logró el conocido como efecto llamada o efecto Hemingway. Igual que le sucedió a Pamplona con la publicación de Fiesta (Ernest Hemingway, 1926), aquella sonada algazara sirvió de gancho para turistas deseosos de emociones fuertes con un puntito de exotismo. Ya se sabe que la adrenalina siempre ha sido un buen reclamo. El resto lo hizo el boca a boca. Poco a poco los encierros de cebúes se convirtieron en un clásico del verano. En 1999 se consiguió que fueran declarados fiesta de interés internacional. Hoy en día se pude afirmar, sin miedo a caer en la exageración, que no hay nadie que no haya oído hablar de ellos o, mejor aún, que no conozca a alguien que los haya corrido. También, todo sea dicho, que han terminado por masificarse, siempre abarrotados de gentes venidas de todos los rincones del mundo. Se ha perdido aquel espíritu pionero que inspiró a los primeros corredores. Siendo sustituida la épica de los valientes por la codicia de los tour-operadores que, verano tras verano, siguen lucrándose a costa de todo aquel que quiera acercarse a vivir en primera persona la buena nueva de los encierros. Todo sea por la pasta, qué se le va a hacer. Éste es el mundo que nos ha tocado vivir. San Bernardino no iba a ser una excepción…

 

EPÍLOGO: ¿DE AQUÍ A LA ETERNIDAD?…

 

A lo largo de estas páginas he procurado ceñirme a los hechos tal y como sucedieron o, por lo menos, tal y como han llegado a mí. No es mucho, lo sé. Tampoco ha sido fácil, así que espero que reconozcan el esfuerzo que ha supuesto vertebrar en un sólo volumen la historia reciente de San Bernardino. Pero si asomarnos al tiempo pretérito ha sido toda una odisea, no quiero ni pensar lo que ocurrirá si nos aventuramos con el que está por venir.

Nadie tiene claro qué pasara a medio y largo plazo. Ni siquiera si el continuo fluir de cebúes será para siempre. A decir verdad, la causa de sus apariciones ha dejado de ser una preocupación real, siendo su lugar ocupado por la incertidumbre de su persistencia en el futuro. San Bernardino no se entiende ya sin ellos, y cualquier cambio, por pequeño que sea, puede ser catastrófico para el pueblo.

 

Las últimas noticias apuntan a que John Benedict Moore III (hijo de Finito de Oxford y padre de John Benedict Moore IV) está preparando una nueva expedición, la madre de todas las expediciones,  con la que tratará de honrar la memoria de su padre y arrojar nueva luz a un misterio que dura ya demasiados años. Esperemos que lo logre y no caiga en el intento. Que Dios reparta suerte.

 

 

 

 

 

EDUARDO, MADRID-LOGROÑO, 2008

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OTRA VEZ SERÁ

OTRA VEZ SERÁ

 

Recuerdo mi primera visita al circo como uno de los días más extraños de mi vida. Yo tendría unos veinticinco años. Por extraño que parezca nunca había querido ir antes. De niño me daba un poco de miedo: los payasos no me hacían gracia., los trapecistas me daban vértigo y los animales enjaulados me deprimían. En fin, un desastre que sólo pude remediar pasados ya los veinte. El caso es que una mañana, de regreso del mercado y cargado como una mula, o un sherpa, con las bolsas de la compra (siete kilos de naranjas, quince latas de anchoas y un anciano vietnamita experto en lenguas muertas), me abordó una jauría de malabaristas griegos. Para mi sorpresa me rodearon y se pusieron a gritar lo que a mí me parecieron referencias poco honestas hacia la noble institución de la maternidad. Se me heló la sangre. Nunca había oído un lenguaje tan soez. En esas circunstancias lo más lógico hubiese sido intentar escapar, lo sé, pero no me dio la gana, para ello hubiese tenido que renunciar al ajuar con el que cargaba (artículos todos ellos de primera necesidad), y, qué coño, llámenme ruin y miserable si quieren, pero mis cuartos me habían costado. Por si fuera poco tenían una pinta rarísima, como de recién salidos de un aquelarre de antropófagos. Sus rostros, más famélicos que otra cosa, no invitaban precisamente al optimismo. Así que si nadie lo evitaba mucho me temía que la única forma de salir de ahí iba a ser con los pies por delante. Pero el tiempo pasaba y allí no se movía ni dios (…por no hablar del apuntador). Me tuvieron así cerca de los veinte minutos, hasta que el que parecía su cabecilla (un armario empotrado de unos tres por tres metros) me enseñó, haciendo gala de unos modales impropios de una señorita como él, el dedo corazón de su mano derecha; dejando entrever de paso su deseo de verme múltiples veces sodomizado. El resto pareció captar el mensaje (si es que lo había), y, sin dejar de gritar obscenidades, fueron cerrando el círculo en el que me tenían preso. Para mi desgracia la calle estaba desierta y no había quien pudiera socorrerme. Perdida toda esperanza de salvación, pensé que ése era mi fin, que iban a robarme el alma o a practicar alguna clase de homicidio con mi persona, pero no, nada de eso, me explicaron que el circo Honey había llegado a la ciudad y me invitaron a la función (o “defunción”, tal y como me explicaron en su precario castellano) de esa misma tarde. Me hicieron gracia (sobre todo uno de ellos, que siendo tuerto de ambos ojos se esforzaba en hacer malabares con diez taladros hidráulicos), y como no tenía otra cosa mejor que hacer acepté y les prometí acudir.

           

A las seis en punto ya estaba haciendo fila para entrar. Un enano subido a un taburete hacía las veces de taquillero. A cada persona que entraba le ofrecía unas gafas de bucear. Cuando le pregunté para qué eran no dijo nada. Se limitó a sonreírme y guiñar un ojo. Volví a insistir y recibí una bofetada por su parte. Ya no quise saber más. Busqué mi localidad y tomé asiento.

El ambiente era inmejorable, no cabía un alfiler. La expectación era máxima. Al fondo de la pista se abrió un telón y aparecieron tres paquidermos arrastrando un enorme ingenio mecánico. Era un cañón de la primera guerra mundial, no había dudas, La Gran Bertha (así lo llamaron los alemanes en su momento), un cañón de proporciones titánicas. Gigante, alrededor de treinta metros de largo y con un calibre por el que hubiese pasado sin problemas un pequeño hipopótamo ungido en mantequilla. Impresionante.

Un emotivo aplauso se apoderó de toda la carpa. Durante más de cincuenta minutos sólo se oyó un continuo batir de palmas. El estruendo era insoportable. Sectores del público rivalizaban entre sí por elevar sus aplausos por encima de los demás. Familias enteras se disputaban el dudoso honor de ser las más ruidosas. Aquella barahúnda amenazaba con dejarnos sordos a todos. Varias personas, entre ellas un conocido saltador de pértiga, tuvieron que ser desalojadas entre espectaculares convulsiones. Un niño con sobrepeso (mórbido sería la palabra) entró en éxtasis y aseguró estar hablando con María Magdalena. Nadie le creyó.

La cordura había pasado de largo y se había olvidado de nosotros. Una especie de enloquecida comunión había cementado el ánimo común. Aquello parecía no tener fin, como una asíntota enamorada del infinito. Éramos un solo cuerpo aplaudiendo por la eterna salvación de nuestras almas.

 

De repente, en el medio de la pista, a la derecha del cañón (según lo veía yo), se abrió una diminuta trampilla del tamaño de una caja de zapatos. Todas las miradas se clavaron en ella. Desde los megáfonos se pidió silencio y un fuerte aplauso (¿¡otro!?). Un hombre vestido de chaqué (rojo) y chistera (también roja) brotó de ella como si de un géiser se tratase. Hizo una reverencia y tomó un micrófono que apareció colgando desde lo alto de un trapecio. Agradeció de todo corazón nuestra efusividad y comenzó a narrar la historia del gran cañón. También la suya propia. De sus palabras dedujimos que se trataba de un hombre-bala o de un jurista que una vez soñó que quería ser un hombre-bala. No quedó muy claro. Tampoco si éste iba a ser su primer vuelo o su primera explosión (desconozco la terminología propia de los hombres-bala). La verdad es que no hablaba muy bien el castellano. Se hacía entender en una mezcla de castellano, portugués, inglés y esperanto. Lo único evidente era el amor que parecía sentir por aquella enorme pieza de artillería. Un amor pegajoso. Así, contagiada por su pasión, una mujer se precipitó desde las gradas con la intención de abrazar y copular en repetidas ocasiones con el gran cañón. Un guardia de seguridad (puede que fueran siete, no lo recuerdo bien) no tuvo más remedio que neutralizarla de un golpe en las costillas. Aquellos modos y maneras para con el público no hicieron sino enervar el sentir general, demasiado alborotado a esas alturas.

 

El hombre del chaqué, consciente de que la situación se les iba de las manos, nos pidió un poco de serenidad. También que nos pusiéramos las gafas de buceo. Así lo hicimos. Alguno con tan mala suerte de saltarse un ojo, o tres, en el intento. Aquello, la verdad, no me dio muy buena espina. Pintaban bastos y yo tenía todas las de perder. Me imaginé lo peor. Pensé que no tardarían en inundar la carpa (¿para qué si no las gafas?) y lamenté no haberme traído un bombona de oxígeno o, en su defecto, un tubo de snorkel. Temí morir ahogado. Aunque no debí ser el único. Un devoto del principio de Arquímedes (amén de barbilampiño) se hizo con quince globos de helio y escapó volando de ahí. Era de locos. El anciano sentado a mi derecha exigió la dimisión, ipso facto, de las autoridades competentes. Un murmullo de aprobación recorrió las gradas. Los elementos subversivos ahí presentes (trotskistas según confesaron más tarde) surgieron de entre las sombras y proclamaron la revolución permanente. Aquel contubernio era un polvorín sin orden ni concierto. Parecía que la tercera guerra mundial iba a estallar de un momento a otro. Sólo la intervención de un poderoso dios (preferiblemente Anubis) o una invasión alienígena podía sacarme vivo de ahí.

 

Ahora no podría jurarlo, pero creo que al poco nos durmieron con cloroformo. La verdad es que no les culpo. Qué otra cosa podían hacer, ¿rociarnos con gas mostaza? Mejor así, tampoco hay que ser quisquillosos. Lo importante es que dos horas después despertamos y el espectáculo pudo comenzar por fin.

Entre vítores y aplausos (un vicio irrenunciable aquella tarde) dos empleados del circo sacaron a la pista una escalera con ruedas y un barril repleto de pólvora. El hombre del chaqué se vacío éste último por todo el cuerpo: bolsillos, perneras, calcetines, axilas, oídos, ombligo… ningún recoveco quedó libre de aquel peligroso hollín. Como guinda final ingirió medio kilo por vía oral, “mejor que el bicarbonato para las digestiones pesadas”, bromeó mientras se ponía un ridículo casco (que más que un casco parecía un cartón de leche atado a la cabeza). Aún entre risas, se subió a la escalera y pidió a los empleados que arrastraran todo el montante hasta la boca del cañón. Una vez allí nos confesó que estábamos a punto de ver algo que no olvidaríamos en la vida, uno de los espectáculos más grandiosos de la naturaleza (¿?). Uno de los trotskistas me preguntó si se refería a la aurora boreal o la migración anual de los ñus. No me dio tiempo a contestarle. Las luces se apagaron y empezó a sonar un redoble de tambor.

Como si de un tobogán se tratase, el hombre-bala se arrojó a su interior al tiempo que se encomendaba a una virgen de nombre impronunciable. En la base del cañón, el enano que hacía las veces de taquillero prendió una mecha. Medio minuto después una gran explosión iluminó a todos los allí presentes. Un magma de vísceras y tendones inundó la carpa. En un gesto muy hermoso, ignoro si premeditado o no, el hombre bala nos había regalado (o salpicado) a cada uno de nosotros una parte de su intimidad más orgánica. Nos quedamos de piedra y con la boca abierta. Teñidos con el océano carmesí de sus entrañas no dábamos crédito a lo que acabamos de ver. En efecto, habíamos sido testigos de algo fuera de lo común. Me sentí profundamente conmovido y di gracias a Anubis.

 

En la confusión me había saltado a las gafas un pedazo de lo que supuse sería el hígado del jurista. Chorreaba sangre y bilis. Ilusionado como un niño con zapatos nuevos me lo guardé y estallé en un gran aplauso de agradecimiento. Todos me siguieron. De nuevo se desató la locura. Un hombre empezó a golpearse el pecho con una butaca. Otro afirmó estar hablando con María Magdalena, aunque sólo el niño mórbido pareció creerle. Un tercero se lanzó a dar vueltas sobre si mismo haciendo el pino puente. Nadie entendía qué estaba pasando allí, y mucho menos yo, que otra cosa no será, pero imán para los desastres y las calamidades tengo un rato.

Entre tanto, no sé si por la explosión o por lo nervios, el ambiente se había caldeado bastante. Hacía muchísimo calor, demasiado, calculo que estaríamos a unos ochocientos grados, aunque no sé si Celsius o Fahrenheit. Aquello parecía el interior de un crematorio en plena sesión de torrefacción. Sólo de pensar que se me podía evaporar la entrepierna me puse malísimo y empecé a sudar a mares. Por sudar, sudé hasta los primeros calostros de mi tierna a la par que lejana infancia. Todo mi cuerpo no esa sino un grotesco sifón con galones de plusmarquista, hasta tal punto que quienes estaban a mi lado me preguntaron si yo también formaba parte del espectáculo. Alguien incluso pidió hacerse una foto conmigo. Una mujer sin cejas sugirió abrirme la cabeza. Por suerte no cuajó su propuesta. La voz del megáfono pidió de nuevo calma y anunció un breve receso hasta el siguiente número: un tragasables disléxico. Necesitaba salir de allí, así que aproveché la ocasión para ir al ambigú a por un refresco.

 

A medio camino me abordaron dos culturistas vestidos de cabareteras. Me agarraron cada uno de un brazo y me pidieron que les acompañara. Tenían toda la pinta de veteranos de la guerra de las Malvinas o de vulgares furcias de un burdel de Bangkok, no sabría explicarlo mejor. Tampoco me dejaron preguntar, y cuando así quise proceder me mandaron callar e insinuaron que estaba metido en un buen lío. Un lío del que no creían que pudiera, ni mereciera, escapar. Me llevaron directamente al despacho del director del circo: un ruso que, según dijo nada más entré, descuartizaría a su señora madre sólo por verme bien muerto y enterrado junto a ella. Se me puso la gallina de piel, y viceversa. Un inoportuno hormigueo me durmió las piernas. Creí que de un momento a otro me iba a desmayar. Afortunadamente me pidió que tomara asiento y me explicó lo ocurrido. Al parecer, un dedo del jurista había saltado a las gradas y alguien lo había sustraído para su propio uso y disfrute. Hasta ahí todo normal, nada raro. El problema es que no se trataba de un inocente souvenir (estaban acostumbrados a que la gente se llevara un recuerdo de su visita; yo mismo, sin ir más lejos, guardaba con celo una porción del hígado de su último hombre-bala), aquel dedo traía consigo un anillo de gran valor sentimental para el interfecto. A él le daba igual, pero las últimas voluntades de los difuntos están para respetarlas; y el finado, poco antes de su trágica actuación, bien claro lo había  dejado por escrito: en caso de accidente aquel anillo debía ser devuelto a su familia. El ladrón (porque ese fue el término que utilizó), por supuesto, era yo. Quién si no. Por si tenía dudas me mostró un video al que llamó “la prueba definitiva”. En él salía un japonés lisiado (tenía la columna sujeta por una estaquilla de metal) recogiendo el dedo y metiéndoselo en el bolsillo. Era evidente que se trataba de otra persona, pero no sé por qué ni siquiera intenté negarlo. Asumí la culpa sin más. El ruso dijo que era mejor así. No dio más explicaciones. Tampoco exigió que devolviera el botín (y menos mal, porque ambos sabíamos que aunque quisiera no iba a poder hacerlo). En vista de mi buena disposición propuso un acuerdo beneficioso para ambas partes: les compensaría trabajando una temporada en el circo. Ellos andaban faltos de hombres-bala y yo quería salvaguardar mi honor (ya se sabe que cuando se juntan el hambre y las ganas de comer…). Así que acepté. El temor de ser el hazmerreír del barrio y la vergüenza de mi familia me decidió a ello. Pagaría mis culpas convirtiéndome en el mejor obús de la historia.

 

Cuando ya estaba todo arreglado sonó un teléfono. El ruso descolgó y asintió tres veces, luego respondió: “Reykjavik”; luego: “El campo base ha sido destruido”; luego: “No hay cojones”; luego: “El funk no ha muerto”; luego: “Luego”; luego: “Inmunodeficiencia”; luego: “Mi pastor es Jesucristo”; luego: “Necesito un protector labial”; luego: “Todo se ha ido a la mierda, vuelve, por favor”; luego: “Te quiero”, y colgó. Habían detenido al verdadero ladrón. Su rostro cambió de repente y se volvió de lo más solícito. Se disculpó y, con una aparatosa genuflexión, me besó los zapatos. Llorando y al borde de un colapso nervioso me pidió que le flagelara la espalda hasta sangrar. Yo, por no quitarle la ilusión, le di el gusto. Me solté el cinturón y le calenté a base de bien el costillar. No contento con eso me regaló un bono de diez entradas. También un barómetro/torre-Eiffel recuerdo de un lujurioso fin de semana en París, o al menos eso dijo. Acepté los presentes y me marché sin decir esta boca es mía.

Aquella noche no pude dormir.

 

 

El circo Honey estuvo tres meses en la ciudad. Nunca vi a nadie comprar una sola entrada, y, sin embargo, todos los días colgó el cartel de “no hay localidades”. Yo, por descontado, no volví jamás. Me quedé sin ver al tragasables disléxico. Una lástima, pero no pasa nada. No hay que desesperarse. Otra vez será.

 

EDUARDO: MADRID-LOGROÑO 2008

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